miércoles, 14 de junio de 2017

Carta al hijo que se va.
Rafael Pompilio Santeliz
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Hijo, eres una de mis más hermosas creaciones, te envío estas mis palabras que palpitan por sí solas ante el dilema de tu ausencia y tu reacomodo en tierras ajenas. Sin la protección del familiar cercano, bajo el juicio implacable de la xenofobia a todo lo que signifique ser extranjero.
Este síndrome de “me quiero ir demasiado” se me parece a la locura de la guerra del oro, donde se abandonaba todo por el precioso metal, sin calcular los grandes obstáculos que implicaban la vorágine de todos contra todos.
Sales de nido. Ya no eres la hoja en blanco que vino a través de mí, sin pertenecerme. Me dueles, sabiéndome el arco compartido que te lanzó a la vida.
Ojala te hayas impregnado de mi limpia intención de hacerte un hombre de bien. Y que el valor de la nobleza sea una cuantía escrita en las páginas de tu pensamiento.
Ah malaya no tengas nunca, ni muy levemente, el desaliento del desencanto. Y lleves con gallardía el estandarte de la libertad, como ideal innegociable. Ella, junto a la lucha contra el maltrato y el egoísmo debieron marcar el porcentaje de ti que se parece a mí.
Te deseo que mantengas tu temple de decir lo que no te guste. Que el silencio no sea tu vocación.
Ojala, y quiera la vida, te hayas impregnado de mi limpia intención de hacerte hombre de bien
Y que el valor de la nobleza del guerrero, implacable y generoso a la vez, sean cuantías escritas en las páginas de tu pensamiento.
Te acuerdas, mi pichón, cuando jugábamos los tres y nos desaparecíamos, tu hermana y yo, al picarte la mosca de la avaricia con esos ¡Míos! que no eran nuestros y te gritábamos para salvarte:
- ¡El que no comparte se queda solo!
Por eso te deseo el equilibrio entre el orgullo y la humildad.
Que en tu honestidad, te dotes de la palabra argumentada que no hiera la vulnerabilidad del humano sensible que somos.
A ser corajudos y dar la cara ante cualquier torpe oralismo que por nuestra conducta impropia afecte a un ser. Responsabilizarse es la gallardía de los valientes. Por eso en este mundo de oportunistas y pragmáticos, que a todo le quieren poner precio, que todo lo justifica en función de los fines, no debe ser sencillo ejercitar ser un anti Príncipe.
Quisiera que mantuvieras tu temple. El mismo que esgrimiste cuando, zafándote del desanudo de mis lágrimas, hablaste al público ante la fosa donde sembrábamos al abuelo.
Porque ya eres todo un hombre rodeado del amor que te hemos dado. Ese amor que es remedio de curación, de regeneración y renacimiento ante la muerte que nos hiere sin matarnos.
Aún con las más grandes perdidas, la vida no se agota, y el corazón continuará en sus búsquedas insaciables.
He sufrido muchas muertes en este mi andar quijotesco, pero renazco en cada traspié, y vivo sin nada que reprocharme.
Hijo, no nos perdamos. Yo ya perdí lo que tenía que perder y no pienso perder más. Un hijo o un progenitor son irremplazables. Quizá sólo seamos lo único real que da la vida.
Por eso, te ofrezco mi madurez, te doy mi edad para ser tu lazarillo, un faro referencial que te cuide y guíe en la obscuridad. Quiero que tengas los ojos míos en la contemplación del mañana... el gesto de mi cara en la honda preocupación de tus búsquedas.
Qué más puedo darte, hijo mío, que no sean estas manos para el abrazo y este cerebro curtido para protegerte de cualquier abismo que amenace tu candor.
Hijo, vinimos a este mundo a vivir, y no a otra cosa. Intento entenderte. La inconformidad la tenemos para superar miserias y escrutar otras perspectivas. Y bajo esta valoración del granito de maíz que somos, están las cosas sencillas que nutren nuestro aliento, de esperanzas y alegrías por el porvenir, que será virtuoso si andamos siempre en las alas del pájaro del buen vivir.
Te amo tanto. Un abrazo de pana, de cómplice amigo y padre que tiembla por tu incertidumbre.

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