sábado, 17 de junio de 2017

San Antonio atendió las suplicas del joven Marchionda que se iniciaba en el claroscuro mundo de la religiosidad y los placeres del saber de la herencia cultural
De niño fui atraído por una hermosa pintura de San Antonio de Padua de mi abuela materna, Magdalena Madera que adornaba una de las paredes siempre blancas de su bonita casa de bahareque en Las Martínez, el caserío de mis veraneos infantiles a orillas de la carretera nacional de Barlovento. Rita Marchionda de Fossati, mi tía paterna y matrona de la familia en Italia, una vez trascendidos mi abuelos Rosaria y Salvatore, invocaba a San Antonio, seguido de un Oh Dio como exclamación ante un acontecimiento conmovedor. Referencias primeras con este portento poderoso de la religiosidad popular.
Mi primer contacto con El Tamunangue, la manifestación tradicional del occidente de Venezuela con la que se celebran sus prodigios milagreros, fue cuando descubrí los Talleres de Cultura Popular de la Fundación Bigott en su antigua sede de la Asociación Pro-Venezuela en la Plaza Venezuela, cerca de la nueva estación del Metro de Caracas, cuando por pura casualidad –si es que esta existe- llegué a la presentación final de su primer taller de danza, donde algunos de los que ahora son mis grandes afectos, grandes investigadores y cultores de tradiciones y su posibilidad de diseminación, hacían muestra de lo aprendido en lo que sería la modalidad de enseñanza-aprendizaje de los saberes populares a través de esta institución fundamental para el estudio de nuestras tradiciones, por aquellos lejanos años ochentas de mi adolescencia.
A mis diecisiete años, mi padre, El MusiúLuigi Marchionda, inició los trámites para lograr en la Jefatura de San Agustín, que aún se ubicaba en la esquina de Mucubají en El Conde, el documento que me acreditaba como no elegible para cumplir el Servicio Militar Obligatorio y evitar de esa manera el alistamiento forzado que obligaba –a los hijos de vecina– al cumplimiento del deber, aberrante procedimiento que conocimos como "la recluta". Mi papá no tuvo el éxito esperado, y así me fui con mi maestra Dora Peña y buena parte de mis compañeros de estudio de los Talleres a la población de Sanare en el estado Lara, a experimentar cómo se adoraba a San Antonio.
Con la firme intención de no ser soldado, llegue a la antesala de la víspera de la fiesta, un día 11 de junio con mis expectativas de muchacho, a conocer los preparativos de la celebración, con la suerte de que, por alguna circunstancia que aún desconozco, hubo una ausencia poco acostumbrada de promeseros bailadores y conté con la dichosa invitación del conjunto de los Hermanos Rojas, una de la agrupaciones de pagadores de promesa del pueblo, de acompañarlos en la realización del esperado compromiso devocional. Después de tres días de ofrendas en aquella geografía montañosa y reconocido en la sonoridad del tambor, los requintos, los cuatros y medios cincos, y embellecido por la riqueza galante de ese baile referente de la fecunda producción agrícola, regresé a Caracas siendo otro.
Al poco tiempo sin sorpresa alguna, recibí de manos de mi papá otro carné que me exoneraba del mencionado servicio. La verdad, no me interesó mucho el origen de este acierto en la gestión de El Musiú, yo conocía muy bien el origen de la indulgencia que ahora poseía. A punta de bailar La Batalla, La Bella, El Yiyivamos, La Juruminga, La Perrendenga, El Poco a poco, El Galerón y El Seis corrido, San Antonio atendió las suplicas de aquel joven que se iniciaba en el claroscuro mundo de la religiosidad y los placeres del saber de la herencia cultural.
Hoy, aquella pintura hermosa decora la casa de mi padre en Barlovento, quien la heredó de su amada Lola Vargas, a quien antes fue legado por mi abuela Magdalena. El 13 de junio, día de San Antonio de Padua, padre generoso y compadre promesero, oficiante de una de las manifestaciones tradicionales venezolanas más bonitas y complejas, parte sustancial de mi experiencia de vida y visión existencial.
Tamunangue de Reinaldo Mijares en el callejón Víctor Valera Mora. Foto: Denis Ayala 



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