lunes, 5 de junio de 2017

*LINCHAMIENTO*
Earle Herrera
No es hora de preocupaciones etimológicas, pero mientras pasamos el vinagre que la derecha y sus medios nos dan por agua, su hiel por almíbar, es bueno preguntar a Isaac Asimov el oscuro origen de la palabra linchamiento. “Esta práctica -dice el maestro de la ciencia ficción- viene del siglo XVIII, en el que un ciudadano del estado de Virginia, William Lynch (o el juez del mismo estado, Charles Lynch), organizó entre los vecinos una especie de policía casera para castigar a aquellos que eran culpables. Como resultado, el acusado que es ejecutado sin un proceso se dice que ha sido linchado”.
La derecha venezolana enriquece el fanatismo anglosajón al agregar a la víctima de su linchamiento el vocablo “infiltrado”. El venerable señor Lynch, pionero de las muertes expeditas, atroces y en gavilla, no esperaba este aporte de un pueblo “inferior” y mestizo que, en el pasado, habría sido un exquisito objetivo del Ku Klux Klan (del griego kuklos, “círculo”, según el mismo maestro Asimov). Pero así es la historia, unas veces farsa, otra tragedia, en la certera ironía de Marx.
El Ku Klux Klan criminalizó primero a los afroamericanos, pero luego enfiló su odio hacia judíos, católicos y contra todo aquel que su exclusivismo considerara ajeno a los suyos y sospechoso, o sea, un “infiltrado”. Con esta palabra los medios privados y dirigentes opositores matizan hoy el crimen en turba contra cualquier ser humano. “Es un infiltrado”. “Linchado un infiltrado”. El vocablo no es un atenuante, es una absolución. Un linchamiento post mortem.
A la muerte física tumultuaria le sigue la mediática y política, también en gavilla. Los que aplauden las llamas que consumen al joven “infiltrado” o la agonía del teniente torturado y abaleado, igualmente participan en el linchamiento, aunque la justicia no los alcance “por falta de pruebas”. Hace más de dos mil años, el más célebre linchado de la historia expiró en una cruz. Antes había emplazado, a quien se considerara libre de pecado, a lanzar la primera piedra. Hoy, al igual que los verdugos de la Inquisición, los que linchan a sus semejantes -sí, a sus iguales- también llevan una cruz en sus escudos. Y saben lo que hacen.

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