domingo, 7 de mayo de 2017

Testimonio / Vivir en Cabudare, sobrevivir a los “muchachos de la resistencia”

6 mayo, 2017 Esta historia es el testimonio de las vivencias y sufrimientos de una residente de una urbanización de Cabudare, ciudad dormitorio de Barquisimeto, estado Lara, víctima de sus propios vecinos que pretenden derrocar al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro. Para proteger su integridad LaTabla ha decidido no publicar su nombre, pues previamente ha sido hostigada y atacada dentro de su vivienda.
Habiendo migrado de Maracaibo años antes, Cabudare era para mi un verdadero pedacito de cielo, sí soy cursi, pero era así.
Desde el olor a monte que respiraba del Parque Nacional Terepaima y el Valle del Turbio, la quietud que brindaba el hecho de no abundar bullosas avenidas y templos del comercio, las bandadas vespertinas de pericos, hasta la concreta realidad de que todo era un poco más económico que en Barquisimeto, eran para mi, suficientes razones para amar a Cabudare. Para mi, era mas que una “ciudad dormitorio”.
Periodista asalariada, exprimí la caja de ahorros, bonos vacacionales, bonos de fin de año y comencé la búsqueda en Cabudare de la casita ajustada a mi realidad socioeconómica, vivía “arrimada” en casa de mi suegra.
La primera opción visitada fue un urbanismo llamado “Camino de la Mendera” hecha por la misma constructora que de alguna manera masificó en Cabudare los urbanismos (Urb. Chucho Briceño) para la llamada “clase media” compuesta por la cada vez más grande cantidad de familias excluidas de la crepuscular Barquisimeto.
Quedando con los bolsillos vacíos, igual las cuentas no daban, faltaba plata, pero sumando ahora un aporte de padres y suegros, logramos juntar a la vuelta de unas semanas la millonaria inicial que pedían, tiempo que no fue suficiente para que la constructora sostuviera la oferta inicial por lo que para lograr la compra, propusieron el perverso sistema de las cuotas balón, que pocos meses después Chávez eliminaría.
Proseguí entonces con la búsqueda, hasta que por fin, saltó la opción que reunía las características deseadas y fue así que llegué a visitar la casa modelo de mi actual residencia, día que recuerdo como si fuese ayer.
La representante inmobiliaria pasó en un abrir y cerrar de ojos de exaltar las ventajas constructivas de una casa pareada de 80 metros cuadrados con dos cuartos y dos baños en un urbanismo cerrado de un centenar de viviendas, a venderme la ilusión de los “excelentes vecinos” que tendría y de la súper oferta de vivir “en el este mas este, de Barquisimeto”, como si eso para mi en mi condición de asalariada, tuviera alguna relevancia.
Pasó casi un año, tiempo de papeleo y pagos de la inicial y primeras cuotas, mi casa ya tenía forma y en unas semanas podría mudarme.
Llegó el tiempo de equipar y ajustar en la medida de las posibilidades que dos sueldos daban, esa casita que comparte sus dos paredes más grandes con otras dos familias, a quienes por 14 años he tenido que sobrellevar, no solamente tolerando sus madrugadores gustos musicales a altísimos decibeles, sino también a sus amplias jornadas lúdicas de dominó o ludo.
Comento estos aspecto que podrían aparentar irrelevancia, para que quien lee estas líneas entiendan que no es el urbanismo donde vivo, un verdadero hábitat para el desarrollo más humano de sus habitantes, teniendo en cuenta que el principio de la privacidad, no existe.
Pero todo eso queda minimizado al lado de la metamorfosis que mis vecinos sufrieron de opositores toca cacerola, gritones de insultivas consignas, al estadio de muy violentos antichavistas.
Muchas cosas han cambiado en mi vida. Cambió por ejemplo un aspecto que hace de mi actual realidad, blanco injusto de una falsa “lucha por la libertad” que dicen tener mis vecinos mas cercanos y un centenar más que habitan en al menos 12 urbanizaciones aledañas a la mía.
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Hace dos años renuncié al salario y me convertí en dueña de negocio junto a otros colegas periodistas, que unidos en un colectivo comunicacional y con el apoyo de un crédito bancario, nos empeñamos en construir y aportar en lo posible las bases de una comunicación más humana, fundada en los valores a través de una radio comercial en frecuencia modulada.
En 2014 durante La Salida, marca registrada del golpe de estado “suave” de los muy violentos movimientos de líderes parapolíticos y negativos de Voluntad Popular, Primero Justicia y Vente, viví mi primera jornada de angustia pues ya había sido “identificada” y eso me valió para ser “merecedora” de varias jornadas nocturnas de cacerolazos al frente de mi casa y obviamente la imposibilidad de poder ir a mi trabajo o de buscar algo para comer en los comercios cercanos, eso ocurrió con intermitencia durante 3 meses.
Mis vecinos, me hicieron conocer su talante y con éste las guarimbas, pero la capacidad destructiva y el odio de quienes viven en mi entorno, que he vivido durante todo el mes de abril y los días que va contando mayo de este 2017, con la reedición de La Salida, son inéditos.
Esos vecinos míos son aquellos que en las reuniones del condominio discutieron largas horas la importancia de fijar cuotas especiales para instalar un sistema de riego para la grama de los espacios comunes pero que a su vez talaron 3 árboles de Nim adultos porque “botaban muchas hojas” y los cuales “oportunamente” tributaron sus troncos, a las guarimbas de la Salida 2 cabudareña.
Vecinos, que se negaron rotundamente a que las familias participaran del CLAP porque eso pertenece al “maldito gobierno” y que por “orden de la junta” nos negaron a quienes logramos inscribirnos, el derecho de recibir el mercadito en la propia casa, obligándonos a salir a la calle para recibirlo, momento que además aprovechan para gritar insultos.
Esos vecinos míos, que en un trayecto de 4 kilómetros a la redonda, instalan usando a los más chamos de sus urbanizaciones, barricadas ardientes consecutivas para que no pasen ni los pensamientos, secuestrando al resto e impidiéndole a gente que como yo, necesita trabajar para subsistir.
Vecinos, esos que dicen que están luchando contra la dictadura, pero que imponen a su placer ciego una dictadura que carece de sentido común, del respeto a los derechos fundamentales del otro o incluso el respeto al sentido más cristiano de verse en el prójimo, pero que muy religiosamente usan imágenes de santos y vírgenes en pancartas que ponen a las entradas de sus urbanizaciones.
Estos vecinos que progresivamente se han convertido en lo que más señalan odiar (colectivos chavistas) organizando, financiando y apoyando una vaina a la que denominan ya en ámbito nacional como “los muchachos de la resistencia” para que hagan lo que ya he relatado.
La descarga de violencia de La Salida 2, no la había visto en tales dimensiones durante los episodios de 2014, a pesar de reunir un menor número de participantes.
Ese “paraíso” que la representante inmobiliaria me pintó realmente nunca existió, y hoy he visto parcamente de lo que se compone una gente que no siente o sencillamente no le interesa el bien común, una gente a la que no le interesa las penurias de quienes deben caminar hasta 5 kilómetros porque en su afán de bloquear intermitentemente calles y avenidas intercomunales y de ñapa atacar a las unidades de Transbarca a pedradas y bombas incendiarias, la ruta asignada a Cabudare fue suspendida.
Esos vecinos que sin importarles el potencial riesgo de muerte, fomentan la impunidad defendiendo a los autores intelectuales y materiales del secuestro y posterior incendio de una gandola cisterna de gasolina, porque aseguran que lo hicieron por una “causa justa”.
Creo en la protesta como manifestación colectiva ante lo injusto o ante lo que no se está de acuerdo, veo como gente de mucho valor, aquella que sacrifica el reposo o el compartir en familia, para en la plaza o en la calle exigir ser escuchados.
Con lo que nunca podré estar de acuerdo es con pisar la cabeza del hermano, del vecino, del otro para que se escuche la voz propia con eco en un grupo de personas.
Ya se cuenta en esta triste historia, la muerte de un joven, varios heridos, pérdidas materiales privadas y públicas y una cuenta que aún nadie se ha animado a sacar y que se desprende de las pérdidas generadas para empleados comercio y empresas en general, por el impedimento consecutivo para poder ejercer con el derecho al trabajo.
La renuncia al diálogo propositivo para violentar los derechos del otro, no puede ser vista de otra manera como un acto criminal y en Cabudare se han ejecutado a diario, quienes verdaderamente estamos en resistencia somos quienes queremos la paz.

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