jueves, 18 de mayo de 2017

El papel del güevón en la guerra


Leído en un tuit magistral: decir "ganamos" cuando vemos un partido de fútbol es como decir "tiramos" cuando vemos pornografía.
En el lenguaje de los dirigentes opositores, ¿qué significará eso de "derrocaremos a Maduro"?

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No es nueva la idea ni se trata de una revelación: las guerras las sostienen, financian y organizan Estados y corporaciones, y la estimulan unos señores que se enriquecen con la violencia pero son corporalmente alérgicos a ella. Antes de entrar en el punto de los que, aquí y ahora, andan jugando con la ouija de la guerra fratricida, permítaseme una introducción referida a otro tema afín, conexo o alterno: aunque un muchacho no siempre y no necesariamente es un güevón, es preciso pasearse un momento por el tema de los jóvenes y la guerra.
Confieso que no recuerdo al autor de la siguiente reflexión, pero es un autor o historiador conocido (ayúdenme, pues, a re-encontrarlo) y famoso es el pasaje en que hace referencia al tema: la guerra es un asunto de muchachos, es un juego macabro que, lamentable pero honestamente hay que decirlo, es emocionante por vertiginoso. Salvo la pulsión primitiva del sexo, nada pone a fluir la adrenalina y las emociones primarias con más baja y cruel pasión que una batalla feroz donde el juego consiste en matar y esquivar la muerte. Se refiere el autor, por supuesto, al soldado, al sujeto que está en todas las líneas de combate y no al general, al conductor, al estadista. Tampoco al reverendísimo coñoesumadre que manda a la gente a matarse desde su cuenta de Twitter, aunque de vez en cuando se eche por ahí unas fotos y unos videos al lado de unos encapuchados haciendo el simulacro de que está comandándolos.
Biológica y sicológicamente, el macho del ser humano está en mejores condiciones de afrontar una acción bélica entre los 10 y los 20 años de edad, por razones más o menos obvias: en ese rango etario el varón es lo suficientemente excitable y manipulable, lo suficientemente irresponsable (¿irracional?) y lo suficientemente provisto de energía física como para entregarse a una confrontación violenta. La guerra moldeó el nacimiento de nuestras repúblicas, y esto hace que todo aquel que quiera declararse patriota evoque o se imagine que evoca las grandes batallas de la independencia. El nacionalismo está lleno de próceres que, antes de pelear "para nuestro lado", eran llamados asesinos. Con el debido respeto a los padres y constructores de la República, a estas alturas no debería dolerle a nadie reconocer que la guerra es una mierda horrenda en la que se destaca o muere (o primero una cosa y después la otra) el que está muy jodido o expuesto a que lo jodan de la cabeza; en las etapas de la pubertad somos más vulnerables y permeables a las emociones fuertes, por eso esta época es decisiva para hacer de los muchachos fans del reguetón o estrellas del deporte (me quedó bonita la frase, pero vaya: asómate en la cuenta de Facebook de Yoel Finol y verás a un adolescente tardío que es estrella del deporte y aficionado al reguetón). Ha habido y seguirá habiendo héroes guerreros, cómo no, pero hay que recordar siempre: a la irresponsabilidad y a la locura también se le suele confundir con la valentía y con la virtud heroica.
Al adolescente sólo le faltan dos aspectos para ser el soldado ideal: masa corporal y experiencia. Por eso la edad promedio de los combatientes de todo ejército regular, guerrillero o mercenario, pendula entre los 20 y los 30 años, y como la guerra es una academia de formación tampoco es nuevo ni extraño que los ejércitos y agrupaciones tengan su cantera de niños y muchachos, cuyo entrenamiento es la guerra misma. Niños que matando aprenden a matar. Pero hay que saber diferenciar las situaciones históricas; hay casos de pueblos en resistencia que encontraron en su propio seno las huestes para enfrentar potencias, hegemonías y ejércitos criminales (como Palestina y Colombia), y por otro lado están los coñitos de madre empresarios que usan a sus esclavos e hijos de sus esclavos como material asesinable, y ya todo el mundo sabe que ellos mismos los prefieren muertos porque culpar al Gobierno de toda muerte genera dividendos "políticos". Sobre el uso de los niños para efectos del entrompe y la destrucción, por parte de los señores fascistas que nunca echaron ni echarán un coñazo (para eso están los hijos de los pobres, zape gato) ya esta página publicó un análisis revelador.

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La guerra es una droga estimulante: Hollywood no inventó ni descubrió esta verdad, pero sí ha logrado movilizar muchos millones de dólares y de personas alrededor del simulacro de la actividad más perversa de las sociedades humanas. Descuartizar personas es algo tremendo, electrizante, sensacional. Juegue un momento con las palabras "sensacionalismo" y "espectáculo" y llegue derechito a la conclusión: lo sensacional vende y esa es la razón por la que el espectáculo se ha hecho industria. En la industria del espectáculo hay varios departamentos que producen ganancias: el cine y la TV, las páginas más escabrosas de Internet, los medios de información (la noticia y la deformación de la noticia son espectáculos rentables), el deporte. Deporte: si usted quiere disfrutar de la guerra abiertamente sin parecer un pervertido puede pasar unas horas mirando boxeo, fútbol, beisbol, básquet, la cosa esa que juegan los gringos con protectores de cabeza y de pecho, que al final son representación y expresión de lo mismo: "mi" equipo es capaz de destruir al "tuyo".

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Obvia y evidentemente (hay suficiente material gráfico que lo muestra y lo documenta) hay personas que disfrutan degollando y asesinando. Hay otras que lo harían con gusto pero les faltan las condiciones factuales y tal vez la entereza de ánimo o la fuerza para hacerlo; a otros, les moleste o les agrade esa perspectiva, lo disfrutan cuando lo ven desde lejitos. Te perturba el video del asesinato pero cuando lo ves lo ves y lo ves y lo vuelves a ver hasta que tú y millones como tú lo hacen viral, pues de esa cosita sabrosa y dolorosa y maligna llamada morbo está hecho el disfrute que alimenta a los vendedores de desgracias.

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Pero, ¿a quién enfrentan, a quién agreden, a quién insultan o escupen los nuevos paladines de la protesta callejera? Hace unos años la tarea de enfrentar a los cuerpos policiales era, en efecto, una decisión heroica y casi suicida. El combatiente callejero era por lo general un militante que sabía de historia, sabía de política y por lo tanto conocía tanto a sus mártires como su misión de largo plazo (la transformación de la humanidad rumbo a objetivos diseñados con criterios tan nobles como científicos), y del lado de allá había cuerpos policiales. La policía estaba integrada por hermanos de clase que fueron captados por la burguesía, y por la burguesía fueron equipados, armados y formados con una idea asquerosa: cuando veas a un vergajo pobre como tú, negro o indio como tú, mal vestido y mal hablado como tú, me le caes a tiros.
A tiros murieron miles de personas que protestaban o que simplemente existían, porque no había regulación alguna en cuanto al armamento utilizado por las policías en las protestas. Los cartuchos de las escopetas para disparar perdigones eran "aliñados" con rolines, tuercas y clavos, y como esos proyectiles no dejan señales de su procedencia hubo cantidad de asesinatos sin culpables, pero todo el mundo sabía que un paco era un asesino. En algún momento de los años 90 hubo un gesto que quiso ser suavizante o mitigador de daños: se prohibió disparar balas metálicas y se introdujeron los balines de goma, que según el enunciado de sus bondades no te perforaba el cuerpo sino que sólo te buscaba disuadir de un pingazo (ay si ese pingazo te impactaba en la frente, en una costilla o en un ojo).
Hoy los métodos y equipos con que son enfrentados a los que protestan "pacíficamente" son un chiste, a lo que también es un chiste llamar "represión". Las tareas de contención de motines han facilitado las cosas para el que quiere echarse la foto desafiando cara a cara al paco, e incendiando esas patrullas interplanetarias pero conducidas por agentes que irán presos si se les pasa la mano. Hace seis años, cuando, según la terminología empleada entonces, empezaba a transformarse o a "humanizarse" la función policial en Venezuela, empezó a propagarse cierto fenómeno que todavía a estas alturas es difícil de evaluar: el policía sin autoridad. Algo de eso nos dedicamos a analizar en su momento. Sobran los testimonios en video de cómo un manifestante actual puede hacer prácticamente de todo en contra de la policía, y si se deja agarrar pues felicitaciones, que ya al día siguiente lo estarán comparando con Francisco de Miranda.
¿Y si lo matan?

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Si lo matan ya la potencial víctima debe saber a estas alturas a quiénes beneficiará su muerte. No será a un Gobierno al que los financistas y promotores de la violencia están culpando de todo. Esta es la cuestión centralísima que sigue deteriorando las relaciones entre el oportunista "dirigente" político que se aprovecha de la violencia de otros, y los reales actores y protagonistas de esa violencia. El violento sabe que hay unos hijos de la gran puta que quieren aparentar ser comandantes y jefes de revueltas cuando en realidad son los que se benefician del vandalismo y el sacrificio de un puñado de muchachos.
Una declaración de Carlos Ocariz (alcaldito cuyo inmaculado peinado revela que la cosa más violenta y dramática que le ha ocurrido fue la vez que se cortó una patilla más arriba de la otra, con la máquina de afeitar), citada por un portal en Twitter, ayudó a manifestarse a ciertos demonios semiocultos. Deténganse a leer, no tanto el tuit, sino las escabrosas, inmundas y enfermas, pero ante todo francas y transparentes respuestas que propició.
Pero lo que vale la pena detenerse a revisar es el catálogo de reacciones. Porque esa muestra siquiátrica aporta la lectura de la situación del antichavismo mejor que cualquier encuesta: hay unos violentos que aprovechan las convocatorias de una "dirigencia" a la que sólo le interesa aprovechar el ímpetu de los demás para ver si gana prestigio con el "trabajo" ajeno y con eso se atornilla en sus puestos. Por pasarse de pantallero y oportunista, a Juan Requesens también le tocó recibir una ración del desprecio de "sus" seguidores, cuando se exhibía con sus camarógrafos al lado tratando de figurar como general de una batalla que nunca fue la suya.
En esa misma onda, aunque un poco mejor organizado y preparado para la mentira, Freddy Guevara ha querido capitalizar para sí mismo el rótulo de "radical", queriendo hacer ver que las huestes de destructores reciben órdenes suyas, cuando las evidencias indican que si acaso apenas lo que reciben es su dinero (que no es precisamente de su bolsillo).
Visto así, el papel del güevón en las escaramuzas venezolanas de hoy (llamemos a eso "guerra" para emocionarlos todavía más) adquiere estas modalidades:
  1. Está el güevón que arriesga el pellejo y sale a entrompar, a incendiar y a agredir, sin saber que detrás de él hay otros trabajando para propiciar su muerte, triste destino del que se siente guerrero y termina siendo liquidado para alimento de videos y discursos;
  2. Está el güevón que ejecuta la muerte de los suyos, que se siente sicario y malote y matón y al final será quien vaya preso mientras sus "jefes" dicen que lo lamentan mucho y que el chavismo pagará por ello;
  3. Está el güevón común y corriente, ciudadano de a pie, alguno de ellos dueño de algún pequeño comercio: ellos se emocionan y excitan en su antichavismo porque creen que DE VERDAD, el Gobierno va a caer si siguen trancando avenidas, hasta que empieza a comprender que ningún saqueador espontáneo o financiado saquea ministerios ni oficinas de chavistas sino comercios; ningún alborotador destruirá al chavismo pero sí a sus casas, urbanizaciones y vías de tránsito, y por lo tanto a su sistema nervioso y a sus labores diarias;
  4. Está el güevón que aparenta ser el director de orquesta cuando en realidad no llega ni a butaquita donde se sienta el violinista: aunque tal vez se esté quedando con muchos de los recursos que le mandan desde el exterior, el Guevara, el Capriles, la Maricori, el Allup, el Requesens, el Pizarro y toda esa mafia de comerciantes de la violencia al final verán cómo la masa que pide sangre para el chavismo terminará pidiendo también la suya.

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