viernes, 28 de abril de 2017

"Los sub textos del caos programado (O un viejo guión en el que caímos por inocentes) 
por: Rafael Pompilio Santeliz 
La globalización, con sus variantes neoliberales, para explotar mejor al mundo, incorporó la tesis del Estado pos nacional o Estado Internacional. La idea es modelar estructuras sumisas a merced de entes supranacionales, como la OEA, para legitimar invasiones de todo lo que se salga del molde. El imperio militariza para crear un autoritarismo mundial frente a la desterritorialización externa e interna. Las nuevas tendencias nacionalistas y autonomistas que ensayan la autogestión son vistas como experiencias anacrónicas que desembocarán ineluctablemente en parálisis colectivas. Esto es parte de sus propósitos: desmantelar toda construcción soberana en Latinoamérica y el mundo. La agresión terrorista es la política de los grandes centros hegemónicos. El terror es un miedo grande, irreparable en algunas mentes. Terror a una muerte súbita y desproporcionada. Es una amenaza continua que pareciera que no se acaba nunca, que nos acosa y paraliza, convirtiéndose en neurosis colectivas. Un daño que se aloja en la hondura del ser donde la memoria y la psiquis, es el campo de batalla. Es saberse indefenso ante un monstruo que ni siquiera tiene rostro definido. El poder de las grandes potencias y sus asociados se difumina, se disgrega en parcelas que parecieran sin centro. Es difícil probar lo inminente de su obvia presencia, pero igual se sienten sus desastres. La destrucción-reconstrucción es una de sus onerosas lógicas, ensayadas y llevadas a cabo en el mundo árabe. Después de sus bombardeos, donde destruyen patrimonios milenarios de la humanidad, y ya posesionados, declaran la reconstrucción en subastas internacionales que ellos mismos ganan. Su resultado es la eliminación de la memoria histórica, nuevos lugares, diferentes arquitecturas, todo a la copia de occidente. Sus habitantes no poseen referencia alguna de sus orígenes, ni de su cultura. Terminan deambulando sin rostros por el no lugar, sin esperar a nadie que les recuerde algo, sólo ven venir la deshumanidad que los inunda. Es un viejo guión fascista en el cual estamos inmersos, y en ese formato caemos por inocentes, actuando como conejillos de laboratorio. Su fin inmediato es promover una guerra civil generada ante un supuesto Estado ineficaz. La sensación exagerada de inseguridad, convertida en certeza, como resultado del explosivo crecimiento urbano, va conllevando a los vecinos a romper con su cotidianidad realizando nuevos cambios arquitectónicos en su diseño urbano: garitas de seguridad, urbanizaciones amuralladas, rejas, perros, armas, agencias de seguridad y tratos agresivos con su igual. Ante el caos generado por entes externos, con la complicidad de sectores de la llamada “sociedad civil”, se empieza por la etapa de “autodefensa” emprendiendo con la mayor naturalidad acciones ofensivas e ilegales sobre los sectores a los que se le atribuye la inseguridad. Se aúpan y se celebran los linchamientos, se hace justicia por mano propia. Poco a poco se van fragmentando territorios en función de un contexto pre establecido. Su fase final es el caos, un desorden público, mal llamado “anarquía”, con visos de guerra civil. Todas estas acciones buscan el colapso absoluto del Estado. Bajo esta situación de caos programado, se pudiera retroceder a la regeneración del viejo Estado o podrían transformar sus actos en una guerra civil macroscópica que genere secesión. Una archipielización de territorios, o nuevos estados nacientes y asociados al hegemón mundial. Sectores de la sociedad civil ensaya el “prohibido prohibir”, para quedar sin ley ni autoridad, Se le endilga el calificativo de dictadura a toda tentativa de normativa. Se acusa de autoritarismo toda acción encaminada a frenar los desmanes de menores de edad y del hampa común, y poder moverse, como pez en el agua, en sus destrozos públicos. Para ellos no existen criminales sino “guerreros por la libertad”. Destruido el concepto de normas, al delincuente lo hacen ver como “victima”. El delito desaparece y el criminal es visto como un paciente. Bajo la denuncia, con medias verdades, de corrupciones mayúsculas, hacen que la población pierda las esperanzas en sus autoridades. El Estado empieza a ponerse en cuestión, presionan su retirada. Es el ineficaz Estado fallido. De las declaraciones de pacíficas manifestaciones, se pasa a la guerra declarada. De los actos espontáneos de rabia se pasa a un odio visceral contra todo lo que funcione, aún en detrimento de ellos mismos. Es una agresividad sin contenidos. Su caldo de cultivo empieza con la indiferencia cívica, se pasa a la abulia, para luego tornarse agresivos ejecutantes, superando el ejercicio del poder del Estado de ejercer la violencia. Todas estas etapas son estadios insertos en un proceso mayor. Según sea la respuesta estatal, esta situación de caos generado, avanza o retrocede, para volver con otras modalidades. Con su primer objetivo cumplido, dado en su capacidad de manipulación de una parte de la sociedad, se avanza a ahondar la crisis del Estado, el cual en el guión descrito, debería perder su capacidad política, burocrática y administrativa en sus funciones básicas, abriendo el camino a la agresión externa. Situación que podría opacarse y ser transitoria si se logra recuperar la confianza en las instituciones y el Estado ejerce la violencia y la Ley con la sabiduría de ejercer el poder obedeciendo a las mayorías consientes de su papel soberano y autónomo en construcción. En estos estadíos programados podría haber espacios de concertación y paz negociada. Se vende una paz aparente, una “normalidad” en la que subyacen las contradicciones innatas de un sistema injusto que por su naturaleza cae en las crisis cíclicas, propias del capital, que es el modelo dominante. Se avanza así, con el reacomodo del contrario, a ahondar la crisis crónica o la falsa normalidad. Los problemas no solucionados generan soluciones inocuas que reproducen nuevos problemas. La crisis crónica ya está instalada. La población busca resolver, en el deseo de lograr salidas, ante la incapacidad del Estado de transición de dar respuestas inmediatas. Se ha resquebrajado la confianza inicial de la refundación inclusiva y eficaz. En la siguiente fase, el elemento cultural empieza a definir perfiles: hay poca adhesión a la normativa, se instala una cultura anti jurídica progresiva, basada en la transgresión y el remedio de excepción. El Estado y sus funcionarios, en su mayoría deleznables por su poca formación, agudizan el ya deterioro de sus basamentos morales. Es un “sálvese el que pueda” donde el funcionariato entrista no responde por su convencimiento de derrota. Predomina la omisión, la tolerancia pasiva a cambio de comisiones y beneficios personales en jueces y policías. Con un Estado casi replegado ya se han generado los cimientos proyectados de una guerra civil molecular. Este deterioro estructural está marcado por la indolencia, la falta de estímulos, donde jueces y policías no ejercen sus funciones, ahondándose la falta de vocación en jueces, médicos e instituciones de seguridad social en general. Se dan las condiciones subjetivas, esperadas por la conspiración terrorista. Las instituciones están penetradas por la acción delictiva. Comunicación, identificación, transporte, han sido permeados a favor de la subversión y el terror. En esta pre guerra civil molecular se multiplican los espacios “off limits” para pasar al dominio territorial a manos delictivas procediendo al accionar de operaciones propias de una guerra civil, lo que incluye enfrentamiento entre las mismas bandas, ajusticiamientos selectivos, linchamientos, el sicariato a sus anchas, asesinando y destruyendo propiedades. En este entrecruzamiento de acciones proliferan los combates entre organizaciones, ignorando por completo al aparato estatal ausente. La naturaleza del arma empleada no es relevante; sí lo es la voluntad de avasallar al otro, ignorando los controles de la autoridad penal. Se ha instalado la odiocracia como factor de lucha destruyendo hasta lo que le era útil. Ojala nuestra clase media, estudiosa y culta, pudiera salir del laberinto en el que la han sumergido y darse cuenta que ella estará entre los primeras victimas por su fragilidad timorata de indefiniciones y posiciones cambiantes. La perspectiva del accionar de nuestras vanguardias múltiples y la consolidación de un liderazgo clasista pudieran cambiar este atroz panorama y lograr que lo ya iniciado, no se extienda más. Nuestro pueblo tiene su derecho al autogobierno y a administrarse soberanamente. La historia universal –como escribió Hegel- reside en el progreso de la conciencia de la libertad."

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