martes, 23 de febrero de 2016

Magoya se hace Magoya


El Gocho Gustavo, guerrillero veterano, jefe de escuadra y procedente de la guerrilla de Falcón, marchaba delante de mí. La columna hizo un alto para comer. Se me acercó y sentado a mi lado me dijo: —Enrique, ¿qué te parece lo que está pasando? ¿Te sientes bien? ¿Estás satisfecho? No entendía lo que quería decirme y le contesté que estábamos en dificultades, pero que me sentía bien y las cosas se iban a superar.  Que sentía dolor por los campesinos y que lamentaba la traición de Víctor Vega. —¡Qué bolas tiene ese coño e´ madre!—, le dije. El gocho Gustavo no habló más de eso, guardó silencio. Esa no era la respuesta  que él esperaba.  Compartimos el poquito de “polvo” que nos quedaba y continuamos la marcha. Llegamos a un buen sitio para acampar y allí lo hicimos. Era una explanada en lo alto de una montaña, con muchos árboles que nos servían de colgaderos. Las escuadras se colocaron organizadamente. Como de costumbre se distribuyeron las guardias. En la noche, ya de madrugada, sentí un ruido debajo de mi hamaca que me despertó. Vi al Gatico. —¿Que pasa?—, le dije.

—Que quiero que me prestes tu FAL para hacer mi guardia. Él tenía una metralleta. —Haz tu guardia con tu arma—, le dije, coloqué mi FAL conmigo en la hamaca y dormí con él. En la mañana cuando nos despertamos, algo raro notamos en el campamento, faltaba gente. Había mucho silencio. Todos observábamos la situación, pero nadie pronunciaba palabra. Y comenzamos a notar la ausencia de combatientes que, hasta anoche, estaban con nosotros.  Siete combatientes, casi una escuadra completa al mando de Magoya,  se  había ido sin decirnos nada, separándose definitivamente del grupo guerrillero. Con él se fue el Gocho Gustavo. Recordé aquella conversación durante la marcha. Gustavo me estaba sondeando. Quería saber cómo pensaba y así ver si podía proponerme incorporarme al plan que tenían. No se atrevió a decirme más, y por eso, de ahí en adelante guardó silencio con relación al tema. Choropo, el Gatico, Tenorio, Zapata, de un grupo de siete guerrilleros, nos abandonaban, dejando un gran vacío entre nosotros. El campamento estaba mudo. Luben y Miranda, los jefes de la guerrilla, convocaron inmediatamente a una asamblea. Todos nos fuimos colocando en un plancito bien sabroso en el que cabíamos regados, unos sentados en el suelo, otros parados, pero atentos a lo que iban a decir estos dos miembros de la comandancia. Miranda tomó la palabra haciendo un recuento de la situación:

 —Para nadie es un secreto que estamos en serias dificultades. Hemos tenido información de los golpes que nos han dado en Cojedes, en Portuguesa y en Caracas. Víctor Vega ha traicionado, está colaborando con el ejército y están golpeando a nuestra base social, hay algunos campesinos presos y otros se han ido de los caseríos. Matías ha abandonado definitivamente. 

A la mañana siguiente continuamos la marcha. Luben estaba al lado de Miranda. Recorría con la vista a cada uno de los combatientes reunidos allí. Con su figura huesuda y desgarbada y su AK siempre terciado, se acomodó el bigote entorchándole la punta como solía hacerlo con frecuencia, tomó aire y se dirigió al colectivo que lo oía con atención: —Lo que ha pasado es sumamente grave. Los compañeros han desertado y eso significa traición y yo ordeno que sea quien sea el que los encuentre debe aplicarle la pena máxima por desertores. Si hay otros que no se sientan bien aquí y quieran abandonar la guerrilla, tienen plazo hasta las seis de la tarde para que pidan la baja,  el que se pase de ese tiempo y la pida será fusilado inmediatamente. 

El grupo de jóvenes guerrilleros comandados por Magoya rompió el cerco y avanzó desde el estado Trujillo donde se produjo la separación, con rumbo a su tierra, la del zambo José Leonardo, la que años atrás le había permitido la entrada al movimiento guerrillero de Miguel Noguera y Baltasar Ojeda. Allí llegarían a Falcón. No iban pacificados, no, iban a seguir combatiendo al ejército y a seguir construyendo sueños, como aquel pequeño ejército loco que en otras tierras americanas luchó  por la soberanía y un mundo nuevo y mejor. Tenían que combatir para demostrar la vigencia de la lucha armada que no eran desertores como había afirmado Luben. Ahí estaban con las armas en la mano y combatiendo. En la zona de la que conocían cada rincón,  con la gente que los vio crecer y los conocía desde niños, como decía aquel guerrero, líder de la Revolución China, como pez en el agua. 

El ejército movía sus tropas. Los camiones llenos de soldados estaban allí y circulaban por las carreteras. El mandado estaba hecho, solo había que esperarlos. La planificación para ese grupo que conocía como la palma de la mano  el terreno, era como beber agua. 

—¡Muchachos, vamos a pelear pues!—, les dijo Magoya. 

Y le echaron varios vistazos a la carretera, escogieron la curva donde esperarían el paso de los camiones. Se colocaron. En las emboscadas, a veces la espera se hace muy larga, y en ocasiones los camiones no pasan y la espera puede durar varios días. Los oídos escucharon  el ruido del motor de los camiones. 

—¡Ahí vienen! Y se acomodó cada quien en su sitio. 

Las armas las tenían ellos y había que quitárselas. El cuerpo tenso, la mirada puesta en la mira en dirección al objetivo y el dedo en el gatillo. Era el 8 de junio del 68, en la vía de Pueblo Nuevo. Dos camiones del ejército se acercaban. El grupo guerrillero esperó a que se acercaran más y las armas empezaron a vomitar las balas. Los soldados saltaban a la carretera tratando de salvarse, los camiones humeantes quedaban a un lado de la carretera. La sorpresa, factor fundamental en la guerra, los aturdió y daba sus resultados. El grupo de asalto se lanzó a la conquista de las armas mientras los grupos de contención los protegían. Un teniente y cuatro soldados resultaban muertos y unas cuantas armas pasaban a las manos de la guerrilla. Nuevos combatientes las empuñarían. Se retiraron con el sabor de la victoria. 

Mientras Magoya victorioso combatía, el ejército golpeaba a la guerrilla que quedaba de la división producida por los cubanos comandados por el general Ochoa, Luben y Miranda, y con el cual un grupo importante y valioso de guerrilleros  venezolanos fueron a parar a Cuba, dejando atrás la lucha guerrillera en Venezuela. El viejo Orozco, el Pelón, Barbisnequi, Jonás, Gervasio, Amílcar, Guyen, Barriguita, el viejo Esteban, Arcadio, Iván y otros tomaron la opción de Luben, Miranda y Ochoa. La mayoría de ellos viajó y allá vivieron muchos años. Barbisnequi murió y sus restos están enterrados en la isla gloriosa.  Los veinticinco combatientes comandados por Douglas Bravo, después de una larga caminata desde los andes de Trujillo, habían llegado a las montañas de María Lionza, en el estado Yaracuy. Se trataba del último reducto de aquellos cien guerrilleros que salió de esa zona después de la Conferencia de la Montaña, armados de ilusiones y moral combativa año y medio atrás. Ahora, golpeados, regresaban con mucha historia que contar. Habían pasado tantas cosas… Pero ahí estaban, dispuestos a seguir luchando, manteniendo las mismas banderas que los aventaron a incorporarse al movimiento revolucionario superando las dificultades que les tocó vivir. Lo que quedaba de la columna marchaba extremando las medidas de seguridad, caminando y borrando huellas, en silencio, sin dejarse ver, siempre por picas, a veces de noche, dispuesta a nuevas batallas. La batalla presente era salirse del peligro y reponer las fuerzas para seguir de nuevo en  mejores condiciones. Ahora en desventaja había que huir, es la norma de la guerrilla. No había cansancio, no había dificultad que pudiera más que la mística y la moral. El momento indicaba que tendrían que eludir combates y seguir adelante hacia la zona de alivio donde se encontraba la base social amiga al otro lado de la montaña. Dos carreteras negras de mucha circulación de carros se interponían en el trayecto y había que pasarlas aprovechando la noche. Allá llegaron y en grupos de dos en dos, poco a poco, cuidando de no dejar rastro y tomándole el tiempo al paso de los carros, en cada una pasaron al otro lado adentrándose en el monte y montando campamento. Allí durmieron. 

Amaneciendo, la última guardia llamó a levantarse. Mientras recogían las hamacas y se preparaban para seguir la marcha, un campesino pasó cerca del campamento, logró verlos y tuvieron que retenerlo e interrogarlo. El gobierno estaba por todos lados. No había secreto, ya no pasaban desapercibidos. Otros campesinos que pasaban por el lugar ubicaron el campamento y hubo que agarrarlos a todos. Eso ponía las cosas más difíciles. No podían retenerlos por mucho tiempo ni tampoco llevárselos con ellos, lo que haría la marcha  lenta  y peligrosa. No les quedó otro remedio, tuvieron  que soltarlos. Los morrales estaban vacíos, no había nada de comida y había que buscarla. Un caserío estaba cerca y tenía bodega y eso era una bendición aunque aumentaba el peligro. Lo otro era seguir avanzando debilitados y con los estómagos vacíos con todas sus consecuencias. Decidieron tomarlo, lo hicieron y compraron toda la comida que había, retirándose en dos mulas que estaban en el caserío. 

Como era de esperar, la información llegó al ejército, que estando en la zona puso el operativo en marcha para golpear. Abandonaron las mulas y avanzando con rapidez teniendo en cuenta que los soldados vendrían en su persecución. Había que buscar la altura para tener una mejor posición de combate. Regendiendo monte llegaron a la fila de la montaña. Allí acamparon. Se distribuyeron las guardias, controlando los accesos peligrosos. Carevieja de guardia vencía el sueño y el cansancio, había vaciado el agua de la cantimplora sobre su cabeza. Era de madrugada. Estar alerta era la vida. Su oído agudizado oyó pisadas y notó un movimiento raro. Sin perder tiempo, de hamaca en hamaca en voz de susurro fue despertando a todos los combatientes que inmediatamente se prepararon para un combate que parecía inminente. No había dudas, era la tropa. Todavía estaba oscuro, la noche no era aliada y esperaron a que amaneciera y aclarara un poco. Con el morral al hombro y el arma dispuesta organizaron el avance, caminaron por la fila y confirmaron, por las huellas que iban dejando los soldados, la presencia del ejército en la misma ruta por donde tenían que pasar. La guerrilla no combate en inferioridad de condiciones. La iniciativa táctica no se debe perder y ahora estaba en manos del  enemigo. Seguirían avanzando hacia la zona de alivio, no podían salir del rumbo, tendrían que apartarse del camino trazado, seguir en el mismo sentido era toparse obligatoriamente con el enemigo. Darían una vuelta bajando por la falda de la montaña aprovechando una quebradita que bajaba, para luego subir y tomar nuevamente la fila. Comenzó el descenso, uno a uno se metieron en una hondonada entre las montañas, abandonando la altura. 

El ejército que los había detectado los dejó bajar, se colocó en posición de combate  y desde arriba comenzó a disparar. Las balas caían sobre la guerrilla desde la altura dominada por el enemigo. Aquello era un infierno de disparos y cayeron los primeros combatientes. El grupo guerrillero se defendía en inferioridad de condiciones. Los soldados creyéndolos aniquilados se lanzaron al asalto, El combate fue encarnizado y se transformó en cuerpo a cuerpo, a quema ropa. Se producían bajas de ambos lados. La batalla se tornó para la guerrilla en un sálvese quien pueda, cada quien trató de salir como pudo y se dispersaron. Los que no pudieron salir, quedaron en el sitio y fueron masacrados. Rafael (el margariteño) jefe de escuadra, atravesado por un balazo fue recogido por Serapio, Sánchez y otros combatientes que  armaron una parihuela y se lo llevaron, pero cayeron nuevamente bajo el fuego enemigo. Rafael no resistió y murió en el sitio. Federico, Pedro y otros, de un total de diez guerrilleros, perdieron su vida en ese combate,  

Cada quien tomó su camino. La guerrilla se desmembró. Douglas Bravo, el Catire Larralde, Alcides, Sixto y Edgar, que venían en la retaguardia, no habían adentrado mucho en la hondonada, se devolvieron por donde habían entrado y pudieron salir del infierno en que cayeron. Llegaron nuevamente a la fila y desde allí avistaron a los soldados y les dispararon tratando de aliviar la carga sobre los combatientes que todavía estaban atrapados. 

Juan Evangelista Terán, el Negro Sánchez, solo, sin el morral que perdió en la refriega, logró salir. Con la tensión del momento vivido y con hambre llegó a un conuco. Tenía que comer algo y con el cuidado necesario se fue acercando al maizal. Una vez que descartó la presencia enemiga tomó unas cuantas mazorcas de maíz. Una vela y una caja de fósforos como acompañantes permanente del guerrillero era lo único que cargaba en los bolsillos. Tomó unas cuantas ramas de chamiza que estaban bien sequitas y acomodó la vela en la posición correspondiente, le colocó el fósforo encendido y prendió candela haciendo un pequeño fogón para asarlos como en los buenos tiempos. Las llamas se manifestaron  flameantes y colocó los jojotos a cocinar. Ese era el alimento que le daría las fuerzas para seguir avanzando. Mientras los asaba, un campesino se acercó silenciosamente y lo sorprendió. Sánchez rápidamente  colocó el FAL en posición de combate y lo apuntó. Era el dueño del conuco. Hablaron. Al verlo, el campesino supo que se trataba de un guerrillero sobreviviente de los encuentros acontecidos en la zona. El hombre lo hizo entrar en confianza y bajo el ofrecimiento de comida y ropa,  llevarlo a su casa a que se bañara, se afeitara la espesa barba y descansara para luego ayudarlo a salir de la montaña, lo convenció de esconder el FAL. En condiciones deplorables: con hambre, sin comida, harapiento, cercado, con la persecución enemiga encima, bajó la guardia y aceptó el ofrecimiento.Era una opción de vida. Son esos momentos en que hay que jugarse el todo por el todo, como en una partida de dados, y se la jugó. 

El campesino parecía sincero, buena gente.  Guardaron el FAL, llegaron  a la casa y cansado, el campesino le dio comida,  se recostó y se quedó dormido. Los soldados se acercaron sigilosamente en posición de combate, rodearon la casa, entraron y lo vieron dormido. En silencio llegaron a él. Sánchez, sin percatarse de lo que pasaba a su alrededor, sumergido en el cansancio, sintió algo frío que tocaba su cabeza. Sobresaltado se despertó y observó que el cañón de un FAL apuntaba  su frente, justo entre ceja y ceja. Se le vino el mundo encima y supo que había perdido el juego. Miró con odio  al traidor que confundido con los soldados, jubiloso, se regocijaba de su actuación. 

El campesino, aprovechando que estaba dormido, fue en busca del ejército. Allí mismo empezaron los interrogatorios, los golpes, la tortura,  presionándolo para que delatara a los campesinos amigos y al resto de la guerrilla. Para que sirviera de escarmiento a la población campesina, lo cargaron amarrado por el cuello, la cintura, descalzo, golpeado y maltrecho, con las manos hacia atrás, por toda la zona, al igual que a aquel revolucionario que, casi dos mil años atrás, pasó una situación similar mientras lo llevaban a la cruz. Llevado al campo antiguerrillero de Yumare, donde siguieron los interrogatorios y las torturas que acostumbraban en esos sitios, fue enviado procesado por rebelión militar a la cárcel de Maracaibo donde pasó preso varios años. Salió en libertad, solo y sin familia, sufriendo en carne viva, con la crudeza y el dolor con que se viven las derrotas, la derrota del movimiento revolucionario, para  morir en la indigencia en los Valles del Tuy donde deambulaba por las calles cargando su historia y sus sueños de liberar a la patria. Tres de los guerrilleros que pudieron salir ilesos del enfrentamiento se encontraron y marcharon juntos. Otro combatiente deambulaba solo por la montaña, enfermo con la boca llagada, la fiebre muy alta. Así lo encontraron, lo curaron, lo cuidaron, con el amor, el esmero y la solidaridad que existe entre los revolucionarios, y lo dejaron a resguardo en un montecito con agua, mientras visitaron un caserío donde  compraron comida. Allí se enteraron de cómo el ejército cargaba al Negro Sanchez. Por la mente les pasó la idea de rescatarlo.

Era una locura, el ejército era muy superior. Se debatían entre la rabia y la impotencia. Pero sí podían buscar al traidor que había entregado a Sánchez, lo averiguaron y allá fueron a buscarlo, lo encontraron y lo fusilaron. 

Douglas Bravo bajó de la montaña por los lados de Clavillazo. El resto siguió rumbo a Falcón tras las huellas de Magoya. Las operaciones de Magoya y su pequeño grupo guerrillero aliviaban la ofensiva contra los guerrilleros golpeados con bajas muy sensibles en Sabana Larga. La prensa titulaba la presencia en Falcón de guerrillas comandadas por Magoya. Y el ejército, a través del general Pardi Dávila, daba los partes de los nuevos encuentros. En el sector el Tesoro, el pequeño ejército loco comandado por Magoya realizó una nueva emboscada contra las tropas del gobierno, ocasionándole nuevas bajas. Los militares salieron a perseguirlos ayudados por el traidor Juan Bautista Galíndez (Calderón), guerrillero que había sido capturado y se había pasado a formar parte del enemigo. La guerrilla los esperó. Se desplazaban en un jeep. El traidor venía con ellos indicándoles la zona por donde podía encontrarse el grupo de revolucionarios. El jeep se acercaba y pudieron ver a Calderón. Era el momento de cobrarle las cuentas. Los esperaron en una curva inclinada y empezó el tiroteo, en el sitio de Loma Larga. El jeep recibía la descarga de los fusiles. Los tripulantes, tres soldados, resultaban muertos. El traidor herido trató de huir y salió corriendo del jeep, lo persiguieron y lo abatieron. Calderón había pagado su traición. Nuevamente se capturaban  armas y pertrechos. Los titulares de la prensa anunciaban  las operaciones del grupo dirigido por el comandante Magoya. Su nombre, a punta de emboscadas y acciones revolucionarias, fue tomando prestigio y Magoya se fue haciendo Magoya. El Catire Larralde se había recuperado de los momentos difíciles vividos y junto a Alí Rodríguez, sale en comisión ordenada por la dirección del PRV a las montañas de Falcón a buscar a Magoya. Después de mucho buscar lo encuentran y lo nombran Primer Comandante del Frente Guerrillero José Leonardo Chirino

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