martes, 22 de febrero de 2011

¿REBELION EN EL MUNDO ARABE?

Por: Juan Eduardo Romero*
Lo sucedido en enero en Túnez, las manifestaciones de calle en Egipto, las protestas en Barhein y Libia, han generado el debate acerca de una “ola de democracia” en el mundo árabe. Sin embargo, hay suspicacias e interrogantes que deben ser analizadas en una perspectiva comparada. Habría que comenzar enumerando lo que han sido definidas como condiciones comunes a todas las protestas: 1) precariedad económica, 2) regímenes personalistas de larga duración, 3) sectores sociales emergentes y 4) exigencias de apertura democrática.
En apariencia pudiéramos coincidir en unanimidad en torno a estas razones, pero en el caso particular de Libia hay un elemento que no encaja: la precariedad económica. Esta diferencia aunque sutil es importante en este análisis comparado, pues cuando se habla de precariedad se trata de problemas en la distribución de la riqueza entre los ciudadanos. Sí bien el gobierno de Gadhafi está en el poder desde 1968, no puede entender – sin que exista suspicacia al respecto- porque se presenta esta protesta en Túnez, Egipto, Barhein y Libia, pero no se ha visto manifestación alguna en países como Qatar, Yemen, Arabia Saudita, Kuwait. Hay que preguntarse: ¿es que en estos últimos países no hay estos problemas? No resulta muy sospechoso que estos países experimenten este proceso y que el componente energético – y por lo tanto geopolítico- esté presente en todos ellos. Ante lo sucedido la diplomacia norteamericana de Obama prende sus alarmas por diversos motivos. En 1er lugar, el papel que algunos de esos países juegan en el modelo de contención al extremismo islámico que tanto preocupa a occidente. En 2do lugar - y quizás con mayor importancia- buena parte de esos países árabes son paraísos fiscales en los cuales se desarrolla – sin límites- la especulación inmobiliaria que causó una crisis económica en el año 2009. En 3er lugar, parece conectarse estas protestas con un proceso de larga duración relacionado con intervenciones occidentales desde finales del siglo XIX y la progresiva penetración cultural de occidente. De lo que sí no tengo duda es que no puede unificarse sobre una interpretación general en torno a la salida de Ben Alí en Túnez, la crisis – y represión feroz- en el Egipto de Mubarak y menos aún, la violencia que se observa en Tripolí.
Pretender crear una interpretación única es un error histórico, pues si bien el elemento árabe-islámico está presente en la mayoría de los países – con excepción de Irán- no puede ser un factor primogénito de análisis. Creemos que forma parte de una deuda histórica, que está relacionada con el derecho a la autodeterminación que llevo a las numerosas tribus de la península arábiga a intentar organizarse para oponerse a los intereses geopolíticos existentes entre la I y II Gran Guerra, pero que fueron – astutamente- inhibidos por el accionar de la diplomacia francesa e inglesa, cuyos efectos aún se sienten en la zona, agregando por supuesto, los propios intereses estratégicos de los EEUU. Hay que recordar que la revuelta panárabe encabezada por Nasser a partir de la década de los 50, mostró un rostro – como posibilidad utópica- de unidad árabe que preocupo – durante mucho tiempo- a occidente. Ese proceso fue interrumpido, y progresivamente penetrado convirtiendo la zona en un espacio diverso que fue fácilmente dividido por personalismos ligados al petróleo y en general al sistema capitalista mundial, sumiendo a las poblaciones en situaciones de precariedad. En el caso de Túnez, encontramos niveles de exclusión y pobreza cercanos al 80%. En Egipto, las políticas neoliberales – y prooccidentales- de Mubarak generaron que cerca del 80% de la población vivía con menos de 2 US$ diarios.

En la actualidad, la situación en la península árabe parece estar marcada por la reproducción de los repertorios de protestas en la zona, producto del “éxito” de las manifestaciones sociales, en ello juega un papel primordial el ciber-activismo que ha facilitado mostrar la naturaleza de las protestas. Es este un aspecto escasamente analizado, pero recurrentemente empleado en Europa del este, y que reaparece en estos contextos con unas consecuencias aún no valorados. Lo que parece venirse ahora es la ampliación de una “zona de riesgo” para los países del área que presenten tres (3) características: 1) ausencia de separación de poderes, 2) redes de poder clientelares y corruptas y 3) problemas en la distribución económica, a pesar de contar con ingresos importantes provenientes, tanto de la exportación petrolera o la actividad comercial e inmobiliaria. Ello pone en movimiento a la estructura de poder del sistema-mundo, por razones obvias: una extensión de este conflicto a toda la zona, reeditaría la crisis energética de mediados de los años 70 que tan devastadores efectos tuvo en la economía mundial.
La preocupación de las economías mundo es que el precio del West Texas y los otros marcadores suban de manera tal, que se eleven notoriamente los costos de transporte y de transformaciones industrial, golpeando – aun más- las economías que apenas se recuperan de los efectos de la crisis de finales de 2008. En este contexto de crisis por protestas – no creemos en revoluciones ni rebeliones en la zona- asistimos a una oportunidad para ver al mundo árabe tomar la decisión de avanzar en un camino de autodeterminación o someterse a los intereses geoestratégicos de EEUU y Europa.

*Historiador

Juane1208@gmail.com

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