lunes, 20 de marzo de 2017

Guerra  federal zamorana.

¿Lo inconcluso como axioma o como anatema?
Rafael Pompilio Santeliz
Esta inusual guerra que se desarrolló en Venezuela entre los años 1859-1863 dirigida por el General del Pueblo Soberano Ezequiel Zamora, fue un conflicto bélico que algunos catalogaron como revolución y otros un simple duelo de facciones parecidas. Ella, como casi todos nuestros acontecimientos procesuales, no logró sus objetivos básicos: la democratización de las tierras y la libertad plena del ciudadano. Ni siquiera su consigna de Dios y Federación obedeció a un resultado propicio a sus fines, por cuanto en nombre de Dios se orientó a un régimen laico y en nombre de la Federación se impuso una Dictadura centrista. El resto, como se sabe, fue la frustración de un pueblo que por primera vez en la historia asumía visos de conciencia de clase.
Bajo estos anhelos el pueblo campesino ofreció sus vidas a los revolucionarios, conducidos magistralmente por Ezequiel Zamora, quien logra un ejército popular disciplinado de mucha movilidad bélica, donde los letrados del gobierno fueron incapaces de detener la ira clasista popular. Los contenidos políticos convergían con un mando militar popular de veteranos insurrectos, que embutían un odio de clase que causaba pavor en la aristocracia. Era común el uso de la inteligencia militar y la contra información, utilizando datos falsos que cegaban al enemigo y lo hacia caer en planificadas celadas que volvían trizas al ejército oligarca. Las mujeres, parte presente, formaban escuadrones de espionaje y abastecimiento urbano. Clase, etnia y género, era la trilogía de estas victorias.
Recuperar a Zamora en este tiempo es volver a la esencia de la tierra, a su cosmogonía, ir a sus raíces, a lo radical, al trabajo, a la vida, más allá de la clásica revolución tecno-científica como nos mostraron los manuales de la Academia de la URSS.
Una síntesis procesual partiría de reconocer cómo la independencia afianzó el esclavismo y la exclusión. Lo inconcluso de nuestra independencia, que no fue más que un cambio de amo, estuvo en buena parte en lo intocable de la estructura económico social. Los grandes se hicieron más grandes y la esclavitud continuó, creciendo el rechazo a los nuevos propietarios, próceres del proceso independentista. El pueblo no vio el fruto de sus luchas. La oligarquía restaura el vasallaje contra el cual el pueblo había luchado. La tierra, génesis de la renta y la acumulación, no pudo democratizarse. Las leyes de reparto pos independencia fueron desacatadas. La propiedad de la tierra pasó a una nueva elite. El soldado pobre, recompensado por sus méritos de guerra, al no poseer ganado, la vendía a figuras militares de alto rango, conformándose una suerte de propietarios ausentes que controlaban sus linderos por medio de capataces, situación que causaba gran malestar en la población local.
Devino luego, el desmembramiento de la Gran Colombia, con el cual se pierde la perspectiva continental de Patria Grande y empieza un pugilato militar de un quítate tú para ponerme yo, ocasionando decenas de guerras civiles que se prolongaron por casi 100 años.
A partir de 1830 se consolida un bloque histórico dominante y a finales de los 40 se sucede la división entre las clases hegemónicas, entre los que produciendo se endeudaban y los comerciantes parásitos improductivos. Los hacendados dependían de las necesidades del mercado internacional. Como monoproductores, cuando Europa prefería productos sustitutivos o llenaba sus dispensas, se producían las fluctuaciones del mercado, lo que afectaban a los cosecheros, quienes recurrían a los prestamistas, estos, amparados en sus legislaciones como la Ley de “espera y quita” y la Ley de libertad de contratos de 1834, generaban deudas impagables, de interés sobre interés, teniendo los productores que dar las tierras en remate en tribunales de subasta donde asistían, conchupanciados con los jueces, los mismos prestamistas. En 1842 se produce la caída de los precios del café, la cual aviva las tensiones.
Un antecedente de la guerra federal  lo encontramos trece años antes de este justo episodio. En ocasión de una entrevista entre Guzmán y Páez en Maracay, para pactar ante la agudización de la lucha social, habría partido una marcha desde Caracas que en su camino fue aglutinando pueblo armado. Desde San Pedro de los Altos se incorpora Zamora con su lanza enastada. Ya pasando por La Victoria, era una manifestación de 4000 personas, estallando inevitable la violencia. Le respondieron con una inclemente represión urbana y rural, instaurándose lo que llamaron la paz de los patíbulos. Esta manifestación espontánea de pueblo marcó un precedente de lo que serían los acontecimientos bélicos de 1859.
Otro preámbulo insurreccional, era que ya existía en ese pueblo una diversidad de formas de resistencia a la opresión, lo que avizoraba prontamente el alzamiento general: fuga de esclavos, peones endeudados sin libertad de movimiento, agrupamientos ilegales como las rochelas, grupos de guerrilleros dispersos que azotaban los sembradíos de los latifundistas. La presencia negra también fue determinante, lo que le dio un matiz racial a la guerra.
La acción mediática el periódico El Venezolano aupó cambios. La prensa se usaba como una poderosa trinchera. El pueblo desborda con pasquines y periodiquitos populares que planteaban reivindicaciones sentidas y esperadas, denunciando corrupción y crímenes. Se fue conformando con Zamora, una especie de híbrido, llamado luego “liberalismo popular”, distinto al programa ecléctico de los supuestos cambios. Era un liberalismo popular versus un liberalismo de salón. Se idearon programas alternativos de la periferia popular, conformándose un movimiento que amenazaba la propiedad y cuya perspectiva era formar una Comunidad de la tierra.
Zamora, pulpero, blanco de orilla y caudillo de esta guerra popular, recoge el descontento. Ser como el pueblo, vivir como él y sintetizar a la vez, sus sentimientos democráticos y sus aspiraciones socio-económicas, fue su estilo de líder. Podría decirse que espués de la independencia no hubo un hombre que se consustanciara con su pueblo en esta magnitud, de teoría, practica y corazón.
El Partido Liberal radicalizó a una oposición anti gubernamental que imaginaba soluciones, encendiendo esperanzas. Se veía la federación y la democracia, como astros esperados. Para este partido era más importante ofrecer que cumplir. Su composición policlasista, estaba formada por terratenientes endeudados o marginados del poder, “unida” a una masa popular de criados, artesanos, esclavos y manumisos que expresaban una libertad dudosa, pues luego, como peones, volverían a ser esclavos de la tierra. Todos enfrentados a una burguesía parasitaria, mercantil y usurera como su enemiga principal.
Los contenidos programáticos de Guzmán eran vagos y abstractos, Un consignismo vacío y vacuo, con la ironía como arma, antes que principios igualitarios. Su proyecto se reducía a hombres nuevos, apego a las leyes constitucionales y alternabilidad. Esto sin cuestionar la Constitución rentista y censitaria, que tal igual a la actual, respetaba la propiedad de unos pocos. De acuerdo a ella, ejercían los derechos políticos sólo los que tuvieran una renta anual determinada. Entre los postulados de este programa liberal estaba la reprobación de apelar a la fuerza para resolver problemas políticos, además de elecciones como santas revoluciones prescritas y autorizadas por las leyes, con lo cual se adhería al juego burgués-oligárquico. Se promulgaron leyes para organizar la milicia nacional. Dirigirían este proyecto legisladores ortodoxos e ilustrados en el dogma liberal, ellos, junto a una alianza de nuevos propietarios y militares de rango. Antonio Leocadio Guzmán, presionaba para compartir el poder estatal con la otra oligarquía desplazada, a la vez que buscaba frenar una fuerza popular que poco a poco se le salía de las manos
            Lo que existía era una democracia mínima y rentista, con derechos de acuerdo al cuánto tienes. El voto era indirecto y censitario, incluyendo las violaciones a su propia legalidad, como fue el caso del ejército a quien se le dio facultades de votar, cuando por reglamento no le correspondía.
Los liberales logran amalgamar la diversidad de los participantes que aspiraban su inclusión en una imaginada Republica federal. Se conforman dos bandos: un sector militar, que se creía, por sus méritos de fuerza, con derechos de hacer la República. Una vanguardia intelectual apegada a las lógicas del mercado cuyos paradigmas eran abrirlo al exterior, controlar las aduanas y privatizar con inversión extranjera. Sectores de la burocracia liberal, captaron el descontento popular y como intermediarios buscaban aminorar la participación política de las mayorías empobrecidas. Se hablaba de una libertad, pero era una “libertad” de peones encasillados, con deudas perennes al existir en tierras ajenas.
Zamora levanta un proyecto paralelo a los dos bloques y se va con la gente que no formaba parte ni de la burocracia, ni del reformismo liberal, señalando radicalmente a los que se habían apropiado de la tierra ilegalmente. Se apartó de los intelectuales y de la elite militar. Buscó sujetos emergentes de la masa misma, no para gobernar mejor y con eficacia para los mismos de siempre, sino para establecer un gobierno popular. Multiplica las ideas y organiza unitariamente al pueblo explotado, con planes mínimos de acción, elecciones libres, justa distribución de la tierra y horror a la oligarquía. Horror que helaba la sangre de los colorados godos.
Influenciado por el socialismo utópico europeo, pudo adaptarlo a nuestra realidad, con un discurso que llegaba y un ejemplo en su accionar en el combate. Teoría y práctica, que por supuesto, tenía las limitaciones de la época al no tener una estrategia programática del más allá ideológico y el cómo fundar un nuevo Estado comunal. Ese carácter socialista primigenio lo arengaba en sus discursos cuando hablaba de “proporcionar una situación feliz a los pobres”, “no habrá ni ricos ni pobres”, “la tierra es libre y es de todos”.
Se desarrolló un proceso que partía de una especie de conciencia intuitiva a una conciencia de clase, de ser hombres libres y con derechos. Los antiguos caudillos, guerreros de eterno espíritu levantadizo, indomables e irreductibles ante un orden ajeno no formaron la parte inicial de estos ideales de justicia y libertad. Estos insatisfechos fueron nucleados posteriormente por Zamora, orientados y concientizados a causas justas, con la eticidad necesaria en todo momento.
Si la independencia se perfiló hacia lo político este nuevo intento se emancipación se enfocaba hacia lo social, precedido de una reserva moral y espiritual que se fue tejiendo con el desacato y la irreverencia protagónica contra el poder.
Una necesidad que impulsaba la casualidad de que surgiera un hombre que sintetizara sus anhelos y problemas, porque los vivía él mismo, pudiéndolos expresar políticamente, yendo a sus raíces, radicalizando cualitativamente sus necesidades inmediatas. Zamora partió de lo local, como germen de lo universal, para conformar un movimiento que ha trascendido en la historia, ayudando a conformar una organización que quizás fue el primer partido de masas en Venezuela.
Pero toda esta perspectiva se ve truncada en San Carlos, por un balazo a su líder máximo, cuando ya avanzaban hacia la Capital. La ausencia de su pre claro dirigente, junto a la carencia de un programa acabado y el predominio del pragmatismo sobre las solicitudes colectivas, termina esta experiencia en grandes frustraciones populares y su afán fallido de liquidar la sociedad oligárquica. Todas estas debilidades permitieron una mesa servida a la nueva y flamante clase política que contrastó con el fervor revolucionario popular, al cambiar los capitanes dirigentes hacia una ruta distinta a la popular.
Muerto Zamora, el 10 de enero de 1860, los godos empiezan a fortalecerse y derrotan a los federales en Cople, el 17 de febrero de 1860, empezando la dispersión en una especie de insurrectos errantes dirigidos por oscuros cabecillas que con el tiempo llegaron a ser celebridades del poder.
Era como si hubiese muerto una esencia. Su asesinato marchita las esperanzas de los desheredados. Se pierde el norte y se reactiva una frustración añeja. “Luchamos 5 años para sustituir ladrones por ladrones”, diría el General federalista José Loreto Arismendi. Después de la muerte de Zamora el poder lo desempeñan terratenientes, la pequeña burguesía urbana y los caudillos militares aburguesados ideológicamente. Hablar de revolución, por muchos años se convirtió en una perogrullada insoportable.
Cinco años de guerra significaron 200.000 muertos, lo que para la actualidad equivaldría a unos 5 millones de venezolanos, y para ese momento histórico significó casi, la extinción del godaje. El fin de esta guerra sangrienta fue un tratado entre Páez y Falcón quienes nombraron como sus apoderados a Pedro José de Rojas y Antonio Guzmán Blanco, los que aislados en una hacienda resolvieron los últimos detalles, para firmar la paz el 22 de marzo de 1863 en el Tratado de Coche. Un pacto que dejó las cosas casi en el mismo lugar. En él se resuelve el cese de hostilidades. Luego, sus jefes escogerían una Asamblea para lograr la Unidad nacional y discutir “civilizadamente” el futuro y las salidas amigables para los derrotados. Esto, bajo el fraterno reparto, entre los dos y sin testigos, de una jugosa tajada del último empréstito otorgado a Venezuela.
Con la “Unidad” y la paz, abunda la rapiña y el olvido de promesas. Empiezan las persecuciones a los radicales y los asesinatos a mansalva de los derrotados por grupos de señoritos, especie de cruzada de “lyncheros”, cuya misión era el adecentamiento de la política y la eliminación de la chusma maloliente de la cosa pública.
La importancia de Zamora, para estos tiempos es que comparativamente sigue existiendo el latifundio, y de nuevo, una rancia oligarquía pugna por tomar nuevamente el Estado.
Zamora, su irreductibilidad tan igual a Chávez, incomoda a algunos. Ambos decían las cosas como el pueblo quería oírlas. La Venezuela del siglo XXI tenía un Comandante, hombre del pueblo que recordaba el constante ¡Ah malhaya un Fidel Castro!, siempre presente, que nuestra gente pobre siempre ansiaba.  Ambos pudieron aplicar el microcosmo a la universalidad y reeditar con nuevos bríos procesos inconclusos, hasta el sol de hoy.
La guerra federal, por su parte, dejó un mayor sentido de la posibilidad de la democracia social, una suspicaz irreverencia hacia el poder, un comportamiento social igualitario en el trato, tanto en lo étnico como en lo social. Diezmada buena parte de la aristocracia ilustrada, desaparecen los convencionalismos y sea quien sea, el trato es de igual a igual. Un pueblo que ante tanto maltrato ha podido rehacerse intacto, cuando ha visto perspectivas de redimirse.  Resume esta experiencia, con sus distancias, un mayor sentido de la militancia,  un operario que ahora se exige producción, trabajo y defensa armada.
Casi siempre las revoluciones empiezan con una revuelta, en nuestro caso fue el 27 de febrero de 1989, el primer estallido latinoamericano contra el neoliberalismo y las medidas de austeridad, iniciando a la vez, el nacimiento de un proceso que inunda de nacionalismos la Nación continente.
Ambos personajes, Zamora y Chávez sobre la base de la honestidad y el respeto, enarbolaron la dignidad como principio desbordante ante las necesidades crecientes. El orgullo y esencia de ser venezolano buscado por los excluidos, esclavos manumisos y pobres en general, se activa. Chávez sintetiza esa resonancia de continuidad histórica esperada. Llegaba al alma de la gente, tan igual a Zamora.
Este ha sido un proceso que recaptura a los héroes patrios, con una adhesión del pueblo que viene superando, en buena parte, la exclusión y la ignorancia, aún cuando persisten la mayoría de los componentes e instituciones del viejo Estado, por cuanto la refundación no a eliminado el vetusto ordenamiento institucional y sigue complaciendo el juego burgués electoralista. Nuestra estructura, por otro lado, sigue en manos del capital y las potencias extranjeras, a través de las empresas mixtas que absorben buena parte de nuestros recursos naturales. La tierra, eje nodal de nuestro sustento, a pesar de pasar a nuevas manos, no ha logrado la autosuficiencia ni la soberanía alimenticia esperada. Lastimosamente un balance reciente arroja que 88 fundos zamoranos actuales son improductivos, y sólo dos vienen recuperándose.
¿Servirá de algo esta experiencia? ¿Podremos superar estas fallas y dar el salto cualitativo de una revolución social, de verdad-verdad? ¿Se podrá comparar los resultados del Tratado de Coche,  una posible situación de negociadora actual? ¿Será lo inconcluso para nosotros un axioma o un anatema?

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