miércoles, 29 de marzo de 2017

Las comunas ¿todavía tienen futuro?

Unidos San Agustín Convive
 Las comunas parecen un mito. Una consigna que condensó la estrategia y no pudo ser. Cuando se les reconoce existencia se las asocia a la distancia: las comunas del llano, de las montañas de Lara o Portuguesa, campesinas todas. Algo alejado, heroico, casi romántico, que no tiene que ver con la realidad de las grandes ciudades, en particular de Caracas. ¿Comunas acá? No se puede, demasiado arrecho.
¿Qué es una comuna? Mejor dicho ¿qué debería ser en función del proyecto político planteado? Es más que la suma de los pasos legales. Es decir, es más que varios consejos comunales que se reúnen, elaboran la carta fundacional de la comuna por-venir, la someten a votación de la comunidad, la registran, y ponen en pie el parlamento comunal, el banco, consejos de planificación, economía y contraloría. Eso sería la estructura formal, imprescindible, pero incapaz de decirnos si dentro de la misma existe lo que Chávez señaló: el espíritu de la comuna.
Lo primero es la participación de la comunidad. Sin ella no existe democracia radical que se sostenga, ni proceso productivo -de generación de riqueza- novedoso. Comunidad significa más allá de los voceros elegidos para cada tarea comunal. Las comunas no son sus vocerías. Son -deberían ser- el gobierno de una comunidad organizada, que decide y ejecuta políticas para cada una de las áreas que conforman la vida de su territorio: deporte, salud, alimentación, seguridad, comunicación, economía, transporte, etc. Una estrategia que no fue pensada para una comuna aislada -esa idea noventista del socialismo en un solo barrio- sino en miras de conformar un tejido nacional comunal.
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¿Existen en algún lugar del país comunas con estas características? ¿Cuántas de las más de 1.730 se asemejan a los pilares del proyecto de sociedad planteado? ¿Dos tercios, la mitad, un tercio? Resulta difícil tener certeza. Los indicadores remiten a las estructuras: si tienen o no todos los órganos de gobierno conformados. No al nivel de participación, involucramiento de la comunidad, relación entre consejos comunales y parlamento comunal, por ejemplo. Para saberlo es necesario estar en el territorio, compartir, desmitificar, comprender los tiempos de la organización popular.
Así como no existe un sujeto puro/ideal, tampoco se dan procesos sociales exentos de contradicciones, períodos de flujo y reflujo. La misma comuna que en un momento tiene un alto nivel de participación puede perderlo en otra etapa -y viceversa. Están insertas en esta realidad que se asemeja a una superposición de golpes, preguntas, resistencias, una etapa que en la actualidad se encuentra marcada por la lógica del repliegue, un fenómeno explicado por Rodolfo Walsh:
“Las masas no repliegan hacia el vacío, sino hacia el terreno malo pero conocido, hacia relaciones que dominan, hacia prácticas comunes, en definitiva, hacia su propia historia, su propia cultura y su propia psicología, los componentes de su identidad social y política”.
El repliegue -si aceptamos que es una de las tendencias actuales- no es hacia construir una empresa de propiedad social, sino hacia la compra y venta de algo que genere una ganancia extraordinaria en un tiempo corto. ¿La gente busca las respuestas en el modelo socialista por-construirse o en los marcos de la lógica rentística-petrolera del mercado? Una gran parte parece haber optado, como fue previsto, por la segunda. Particularmente en las ciudades, más expuestas a la cultura del capital, la lógica especulativa, el consumismo y la solución individual. Pero otra parte no replegó: eligió por alguna de las tramas organizativas construidas en estos años de proceso chavista.
Entender estos tiempos superpuestos es clave para analizar el estadío comunal, así como proyectar la fuerza popular. Nada sucede en el vacío.
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Una autocrítica: no supimos, por ahora, convertir a las comunas en tema de discusión. No se debate sobre las comunas, no están en agenda militante, en opinión pública. Se puede culpar a la línea oficial que las ha borrado del discurso para enfocar únicamente la fuerza en los Clap. No es casualidad que suceda, no hay derecho a la inocencia política. Sin embargo, resulta poco honesto acusar al otro sin asumir las propias limitaciones. ¿Por qué no logramos comunalizar el debate? ¿El movimiento popular no se volcó a la construcción de comunas, no apostó el mediano plazo ahí? En Caracas parecería que no -otro debate sería saber qué es el movimiento popular.
Existen en el Municipio Libertador 44 comunas registradas. Es difícil saber cuál es el nivel de participación de la comunidad, qué capacidad productiva tienen. Esto último es central, el balance es claro desde hace años: una comuna que no produzca es difícilmente sostenible en el tiempo. Tiene que poder generar trabajo y excedente comunal. El tema productivo se desprende con claridad en zonas campesinas -se necesitan insumos, siembras colectivas, camiones, vialidades, centros de acopio, puntos de comercialización. En esos territorios existe ya un desarrollo de la fuerza productiva comunal.
En las ciudades el panorama es complejo. Por la dificultad del mismo espacio físico donde instalar una empresa de propiedad social, y por determinar en qué rubro enfocar. Se trata de construir una producción social enfrentada a una economía en estado de guerra. ¿Panadería, textil, café, turismo, mercado, recolección de basura? Los tiempos institucionales -“hacen falta tantos proyectos para mañana”- suelen traducirse en la urgencia no planificada, y por ende en inviabilidad. Hacen falta avances, victorias del cotidiano con miras estratégicas.
Es difícil, no podría ser de otra manera. En particular cuando el proceso comunal está confrontado -además del reflujo y la situación económica- a dos factores en el territorio: la agudización de la lógica de la política clientelar a través de los Clap -denunciada por el mismo Maduro- y la presencia de cuadros de partidos de derecha que han hecho un trabajo de inserción. Lo segundo era predecible. Lo primero es complejo, conlleva la tensión al interior del chavismo: “todo el poder a los Clap” se traduce en una legitimidad de la negación del proceso comunal. El proceso sería diferente si el Psuv apostará al poder de las comunas en lugar de verlas como amenaza, algo a ser controlado. Tendría a través de ellas/en ellas, la posibilidad de recuperar legitimidad perdida, construir liderazgos genuinos, recomponer fuerza popular. Hablo por la realidad del territorio donde militamos comunas en Caracas, las que conozco en el país, lo que sucede en los demás de dónde nos llega información.
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Un supuesto no tan negado: si el chavismo pierde el poder político, ¿desde qué espacios se resistirá? No habrá ni bolsas Clap, ni ministerios, ni vicepresidencias, ni manejo de recursos materiales para convocar a la gente. Esta es época para acumular, tanto en miras de la transición al socialismo, como en la perspectiva de estar enfrentados a un gobierno de derecha que aplique un ajuste neoliberal frontal y una política represiva selectiva y/o de masas. Las comunas cargan la potencia de respuesta para esos dos futuros.
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Cuando convocamos a las mesas de trabajo, en el proceso de construcción comunal, la respuesta es buena. Existe un sujeto barrial que, a pesar de reflujos y desilusiones, está dispuesto a empujar. Tiene cierta orfandad. Si se despeja el hiper-consignismo, los actos para aplaudir, ¿qué le propone el chavismo? Es cierto, no se puede hacer política hoy por fuera de la demanda medular que reúnen a centenares de personas en minutos: la comida. Para eso los Clap. Es uno de los nudos centrales, y se le debe dar respuesta, aún con lo complejo que es presentar una caja de comida como una victoria política -¿hasta qué punto lo es?
Las comunas tienen la capacidad de garantizar mercados semanales de verduras, hortalizas, frutas, carne, pescado. Sucede en varias partes del país, en Caracas también. Es una respuesta concreta a una necesidad concreta. ¿Pero solo hace falta comida? ¿Todo se ha reducido a eso? También se pide, por ejemplo, formación política, herramientas prácticas para la batalla en los territorios, instrumentos de comunicación. ¿Qué demanda la juventud en los territorios? No todo es alimentos.
Existen posibilidades de consolidar y crear nuevas comunas. Esta es la etapa para hacerlo, para volcar brazos, inteligencia, voluntad, en esa tarea estratégica. Ese parece ser el espacio para construir correlación de fuerzas al interior del chavismo, dotar al proceso de su sentido socialista, apostar a recomponer fuerza ética, tramas que resistan al proceso de destrucción de los lazos de solidaridad populares desatados por la guerra. Existe un sujeto comunero que pide más. No es un mito, y no sucede solamente en los llanos o las montañas de Lara y Portuguesa. Estamos ante el desafío de disputar los sentidos de la revolución, el por-venir del proceso que planteó las hipótesis de sociedad más avanzadas de este siglo. Tenemos la obligación de ganar: si la derecha retoma el poder político, ese ciclo no abrirá un proceso que aclare contradicciones -como se puede escuchar- que permitan luego regresar al gobierno con mayor claridad. La política no es ajedrez y el enemigo no perdona.
¿Poner lo mejor de nosotros en las comunas torcerá el rumbo actual? Tal vez no.
Pero es seguro que no hacerlo le quita posibilidad de victoria al presente y a lo que vendrá.

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