domingo, 27 de noviembre de 2011


Niños asesinos

Mariadela Linares

Una de las noticias más pavorosas que hemos leído en los últimos tiempos fue el asesinato de una criatura de doce años, a manos de un compañerito de clases que contó también con la complicidad de otro niño. Asombra, no sólo el hecho brutal en sí del crimen de un jovencito, sino también la causa de la muerte, y el pasmoso cinismo con el que actuaron los muchachos ante la madre y la hermana de su amigo.
No existe otra forma de mostrar el lado más oscuro de una sociedad que engendra cada vez más elaboradas formas de violencia. La vivimos a diario frente al volante, o transitando por una calle. Es la grosería en grado sumo, el irrespeto al derecho ajeno, la facilidad con que nos enfrascamos en una rencilla por ver quién pasa primero. Es la impunidad de los maleantes que actúan a la luz del día, en plena autopista. Son las decenas de personas que mueren mensualmente por una moto o por un celular.
Pero por encima de todas estas realidades con las que penosamente convivimos, está la crisis de valores de un país donde se sustituye la educación de un hogar, por el mensaje de una pantalla de televisión; una nación penetrada por la tecnología en manos de niños que aprenden desde muy temprano el significado de la violencia, porque “matar” al enemigo cibernético genera puntos. Los “ganadores” no son los mejores alumnos, ni los más aventajados deportistas. Son los más diestros en el manejo de internet para hacerse de las armas más destructivas y así acabar pronto con su adversario.
Esos tres niños involucrados en esa terrible noticia que conmocionó al país, no eran el caso de adolescentes sin hogar, echados a la calle a valerse por su propia suerte. Son el producto de una clase media acomodada, que paga colegios caros creyendo que con ello se garantiza una buena educación, pero deja de lado principios elementales de amor, de protección, de respeto por el prójimo y, fundamentalmente, de comunicación. Pistolas al alcance de la mano de un niño quizás temeroso de la violencia del padre, la asombrosa indiferencia del testigo y, finalmente, el triste desenlace de un jovencito que perdió la vida porque se puso bravo. Tres historias para meditar.

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