domingo, 27 de noviembre de 2011


Drama ocurrido en la clase media alta caraqueña:
Un paseo de niñas terminó en abuso sexual
Por: Últimas Noticias
Los padres de Rosa (nombre ficticio) perdieron la cuenta de cuántas madrugadas se despertaron de golpe, asustados, porque la niña se asfixiaba. Entre jadeos, se quejaba de dificultad para respirar.
En más de una ocasión, la llevaron de emergencia a las ya congestionadas clínicas cercanas. Allí, la examinaban hasta la saciedad. Los médicos estaban desconcertados porque la niña no es alérgica.

Pero además del ahogo, también empezó a sufrir dolores estomacales frecuentes y sudoración en las manos, lo cual se traducía en ausencias escolares. Ninguna de esas afecciones tenía su origen en causas fisiológicas.

A pesar de los exámenes constantes, el resultado siempre era el mismo: los médicos no conseguían explicación.

Ante la incertidumbre, los especialistas les recomendaron a los padres de la niña de 8 años que enfocaran su atención al entorno, y que estuvieran alerta ante cualquier cambio de actitud o comportamiento que pudiera arrojar pistas sobre una posible somatización.

La recomendación médica abrió la caja de Pandora. A través de inteligencia emocional y terapia emergió la posible explicación a esos episodios médicos: cinco niñas, estudiantes de primaria en uno de los colegios más costosos y reconocidos de Caracas, fueron víctimas de abuso sexual.

El escenario. María Ferreira (46) y Oscar Castillo (47) pertenecen a la clase media alta caraqueña. Ambos ingenieros, acudían eventualmente a fiestas y agasajos en el sureste de la ciudad. Eran considerados como una pareja agradable y simpática.

Para completar el cuadro idílico, tienen dos hijos. El varón estudia bachillerato y la hembra está en los primeros años de primaria. En apariencia, llevaban una vida normal y sin mayores sobresaltos.

Sin embargo, esa imagen se sacudió el día en que el Cuerpo de Investigaciones Penales, Científicas y Criminalísticas (Cicpc) allanó su apartamento.

Los agentes de seguridad irrumpieron en el inmueble el 23 de junio de este año. No sólo se llevaron a la pareja, como medida preventiva para evitar una posible fuga; sino que, además, iniciaron la búsqueda de elementos que sustentaran la denuncia por abuso sexual, que introdujeron un grupo de representantes de compañeras de su hija en la Fiscalía 98ª de Protección de Familia y Menores.

Cinco meses transcurrieron entre la alerta inicial a las autoridades y el avance del proceso legal. Y fue el pasado viernes, 25 de noviembre, cuando se realizó la audiencia preliminar.

Desde la tarde del día anterior, los fiscales presentaron las pruebas incriminatorias. Expusieron ante el Tribunal 33° de Control las razones por las cuales creían que debía abrirse un juicio en contra de la pareja. 

Los abogados defensores presentaron algunas observaciones que, desde su punto de vista, no venían a lugar. Mientras tanto, lo señalados eran testigos del "ping-pong" judicial, sin intervenir.
Al final, la jueza Fabiola Gazme decidió que se iniciara el juicio, pero con una salvedad: María Ferreira continuaría recluida tras las rejas, a diferencia de Oscar Castillo, quien será juzgado en libertad.

Tarde oscura. La historia que ha conmocionado a conocidos y amigos de los afectados comenzó el 28 de enero de 2011. Aquel día, María convidó a un grupo de niñas que estudiaban con su hija a compartir un rato en su casa, para que pasaran una tarde entre amigas.

La mujer las llevó a comer y luego a su apartamento. Ese hecho fue confirmado por las pesquisas y por la propia imputada, quien aclaró que las chiquitas habían ido encantadas a su hogar. Todas accedieron a pasear y tenían autorización de sus representantes.Para lo que no estaban preparadas fue para lo que sucedería después, una vez cerrada la puerta de la casa, y cuya veracidad aspira a establecer el tribunal.

De acuerdo con una fuente cercana a la investigación -que prefirió mantener el anonimato-, el sometimiento comenzó apenas montadas en el vehículo en el cual las fueron a buscar. Al llegar a un conocido lugar de comida rápida, la adulta les dijo a las niñas que a partir de ese momento sólo obedecerían los deseos de su hija. Comieron el menú que ella decidió y se apegaron al comportamiento que ella y su hija determinaron.

Posteriormente, ya en la casa, las sentó a todas frente al televisor. Una vez ordenadas, les anunció que era el momento de ver películas. Inicialmente las niñas se emocionaron, pero rápidamente se dieron cuenta que no había razones para alegrarse. El filme que escogió la niña anfitriona era pornográfico.

En algún momento, las infantes miraban para el techo o intentaban apartar la vista de la pantalla, pero la mujer lo impedía violentamente. Forzándolas, les volteaba la cabeza para que presenciaran las escenas explícitas y con alto contenido sexual.

También, las sometieron a "juegos" perversos. Encerradas todas en un cuarto sin luz, las obligaban a desvestirse y a tener contacto corporal. Para completar la escena, un grupo de amigos del hijo varón observaban o adivinaban entre sombras lo que allí ocurría. 

Algunas de las chiquitas osó quejarse por el maltrato. Como respuesta, la dueña de la casa las amenazó usando a su hijo como emisario. Para callarlas, le pidió al niño que buscara el arma de la casa. Como si estuviese ensayado, en cuestión de segundos el chico trajo una pistola, que bien pudo haber sido de mentira, pero que surtía el mismo efecto intimidatorio como si fuera de verdad.

Mientras tanto, el hombre habría permanecido como un mirón de palo, observando la escena.

Ferreira ha sido señalada por abuso sexual infantil y uso de niños para delinquir; Oscar tiene los mismos cargos, pero en grado de cooperador inmediato. A la Fiscalía se le dificultó hallar suficientes elementos para comprobar que el esposo debía continuar privado de libertad; por eso se revocó la decisión que pesaba sobre él.

También hay una orden de captura contra la mujer que hacía labores domésticas, pero ella logró escapar antes de la incursión policial. Se presume que abandonó el país. Su testimonio es especialmente relevante, pues tiene años trabajando en la casa y conoce la intimidad de la familia.

Abogado en fuga. Uno de los elementos que más ha complicado la investigación de ese caso es el hecho de que las víctimas fueran niñas de tan corta edad.

Necesitaron varias sesiones con psicólogos y especialistas para que el grupo soltara prenda. Entre ellas, habían jurado no decir nada, pues los criminales las habían amenazado. Si alguna abría la boca, algo muy malo les pasaría a sus padres. Era una cofradía de silencio y miedo, algo que al final les dio fuerzas para superar el momento.

Fue la valentía de las infantes la que finalmente privó. Hablaron en la terapia y luego lo hicieron en la entrevista que será parte del proceso legal.

A las niñas les tomaron declaraciones por separado. Las grabaron en video, para evitarles el mal trago de tener que presentarse en el estrado, frente a un público y, sobre todo, expuestas ante los supuestos victimarios. Las declaraciones se las tomaron en caliente, cuando se inició el proceso legal.

De hecho, el testimonio resultó tan duro y descarnado que ni siquiera los representantes legales de los imputados lo soportaron.

En medio de una de las entrevistas a las infantes, el segundo abogado que había sido contratado por los imputados salió en estampida de la sala y dijo que no podía seguir con el caso, que era demasiado fuerte y que se le hacía imposible defender a sus clientes.

"Él es un hombre libre de hacer lo que quiere. Si así lo consideró conveniente, ¿quién soy yo para juzgarlo?", expresó María al ser consultada sobre el repentino abandono. En total, han tenido nueve defensores; actualmente, son los abogados Carlos Sebastián Vernet, Daniel Menoni y Miguel Dao.



Desde la cárcel. Tranquila, de hablar pausado, Ferreira casi no movió los músculos de su rostro durante la hora y media de conversación entablada en la cárcel donde está recluida. La naturaleza de los delitos que se le imputan hace que la hayan ubicado en la "zona de resguardo" del centro penitenciario. Esa medida es para proteger su integridad física, pues generalmente las otras privadas de libertad no son benevolentes con quienes son señaladas de cometer delitos sexuales contra niños.

Muy comedida en sus expresiones, nunca se atrevió a asomar ninguna teoría definitiva que diera sentido a esta denuncia. Y si tiene alguna hipótesis, no la expresó.

Con una franela azul sin mangas y el cabello recogido con una pinza, miró directamente a los ojos de su interlocutora. "Soy absolutamente inocente de lo que se me acusa. Eso nunca pasó en mi casa", repetía la mujer, e hizo votos porque se descubriera al verdadero culpable "de esta aberración".

Su cautela fue tal que ni siquiera se atrevió a asomar la posibilidad de que el abuso hubiese ocurrido en otra casa.

Durante la conversación, alegó que en innumerables ocasiones su hijo había invitado a amigos a dormir a la casa y nunca había habido problema. Y que sabía que tener cinco niñas en su casa era una gran responsabilidad, y por eso el 28 de enero había pedido el día libre en el trabajo.

"Yo no sé, no me atrevo a especular el porqué de esta denuncia. Lo que no considero correcto es creer que, porque los niños son niños, entonces no hay que investigar. Yo, que soy ingeniera, no te hago una casa medio bien; te la hago bien o no te la hago, ¿verdad? Pues así ocurre en este caso. De cualquier manera, yo no guardo sentimientos negativos hacia las niñas, no las odio. Imagínate. Eso es imposible. Lo que habría que revisar es puertas adentro de las familias de ellas… Porque van a crecer, ellas van a crecer", señalaba seria e incólume.

Describió su paso por la cárcel como algo casi inevitable que le tocó vivir. El único momento en que se quebró y sus ojos se llenaron de lágrimas fue cuando se refirió a la manera en la que fue separada de su hija. "Ellos hablan de las niñas, y mis hijos ¿no son niños también?".

Ya en dos ocasiones la pareja había apelado a la privativa de libertad. Desde su reclusión, ella aspira a que se compruebe su inocencia. Es más, está convencida de que es un ejemplo para sus hijos, por haberse quedado a enfrentar la justicia. No huir. Esperar. Ni siquiera habla de justicia; sólo habla de verdad.

En cuanto a las niñas, poco a poco, superan el trauma. Ya el tema no se toca entre ellas y junto a sus familia, intentan retomar el curso de sus vidas, dejando atrás este episodio que de una u otra forma las marcará para siempre. 

La frase final con que Ferreira cierra la conversación es aplicable para todos. Antes de agradecer la oportunidad de expresarse en un medio de comunicación, afirmó: "El único error que cometí, por lo único que le pediría perdón a mi hija, fue por haber dejado entrar a extraños en nuestra casa. El hogar de uno es un templo, y allí no deben entrar desconocidos".

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