martes, 6 de noviembre de 2018

LA CEGUERA IDEOLÓGICA
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Es cosa sabida que muchas veces nuestras creencias se construyen aposteriori para justificar nuestros actos. Así por ejemplo, se han realizado numerosos experimentos psicológicos con seres humanos en los cuales éstos cambiaron radicalmente de convicciones para justificar actos que estaban en disonancia con sus ideas primitivas. Para justificar conductas que están en desacuerdo con sus creencias primitivas, en lugar de cambiar de conducta, muchas personas cambian de
creencias. De hecho, es algo que puede observarse todos los días. La doble moral en muchas personas que se dicen cristianas es un claro ejemplo de lo que estoy diciendo.
Aunque se comporten de forma no cristiana, son capaces de interpretar los principios morales cristianos de forma que no entren en conflicto con sus conductas.
La historia de las ideologías, tanto religiosas como políticas, está llena de ejemplos de individuos que, después de transgredir las nor-
mas de su religión o ideología, han rebuscado en los escritos sagradoso políticos argumentos que justificasen su comportamiento.
La capacidad de «arreglar» las citas sacadas del contexto de algunos escritos sagrados o de textos políticos para justificar comporta-mientos inexcusables ha sido siempre infinita.
El sujeto que modifica de esta manera, a veces de forma radical, su forma de pensar para justificar su conducta, termina creyendo firmemente que actúa de acuerdo con las normas. Esta es la explicación de in-numerables crímenes cometidos en bien de la humanidad, de Dios o de cualquier ideolo-
gía, aunque estas conductas estén en grave disonancia con lo prescrito por las religiones o por las ideologías en cuestión.
¿Es que acaso el pueblo alemán entero no sabía nada de los crímenes cometidos por los nazis y justificados por su ideología? ¿O es que el legado del Papa, Arnaud-Amaury, en el siglo XIII, no sabía lo que decía cuando mandó matar a mujeres y niños inocentes en Béziers
para exterminar a los albigenses, con la célebre frase: «Matadlos atodos, Dios reconocerá a los suyos»?
En algunos casos, el módulo del yo no reconoce como suya una determinada conducta, es decir, asume de alguna forma que está controlada por otro módulo. «No he sido yo», o «Fue como si otro me guiase la mano» y frases parecidas. La propia sociedad reconoce este hecho cuando establece una clara diferencia entre asesinato y homicidio. Homicidio, como si fuese realizado por alguien distinto al propio yo, por ejemplo, en un arrebato de celos o de cólera. Asesinato, cuan-
do es premeditado, pensado, es decir, dirigido por el módulo del yo.
Merece la pena detenerse un momento para hablar de las ideologías. No existe un engaño colectivo de tan catastróficas consecuen-
cias como las ideologías cuando prenden en todo un colectivo. Es como el dios Moloch, ávido de sangre humana.
El sociólogo alemán Karl Mannheim publicó en 1929 un libro que se convirtió en clásico sobre las ideologías: Ideología y utopía, en
el que analizaba ambas de forma magistral. Según Mannheim, la ideología une tan intensamente a los grupos dominantes que pierden la capacidad de ver determinados hechos que podrían ser molestos para
su consciencia de dominio. La verdadera situación de la sociedad no es reconocida por esos grupos, ni por otros, gracias al inconsciente colectivo de los grupos dominantes. Parece enteramente una premo-
nición de lo que pronto iba a suceder en Alemania con el nacional-socialismo, que obligó al propio Mannheim a huir a Inglaterra.
En la utopía, sigue Mannheim, lo que sucede es que determinados grupos oprimidos están tan fuertemente interesados en la des-
trucción y transformación de una determinada sociedad que sólo ven aquellos elementos de la situación que la niegan. Su forma de pensar
los incapacita para reconocer correctamente la realidad; no se ocupan de lo realmente existente, sino que buscan en su pensamiento más bien la anticipación de la transformación de lo existente. En la consciencia utópica, el inconsciente colectivo, dominado por los
deseos y por la voluntad de acción, oculta determinados aspectos de la realidad. Se aparta de todo aquello que pueda hacer flaquear la fe o el deseo de transformación de la sociedad. Parece enteramente una
radiografía del comunismo, como otra de las grandes ideologías políticas que han asolado Europa en el siglo XX.
Una de las características de las ideologías es que constituyen una Weltanscbauung, una visión del mundo, cerrada, que lo explica todo,
a-histórica, estática y hermética. Muy probablemente se trate de una defensa del hombre frente a lo inevitable: la insignificancia del ser, lo irremediable de la muerte. Frente a este destino, el individuo se rebela creando conceptos como la eternidad, lo imperecedero, y, también las ideologías que se presentan como sistemas eternos y universales.
Quien a mi entender se ha acercado más al aspecto patológico de las ideologías ha sido Joseph Gabel, filósofo y psiquiatra francés de
origen húngaro. En su libro Ideología y esquizofrenia insiste en la cosificación y el planteamiento a-histórico de las ideologías. Para Gabel, la ideología es una esquizofrenia, ya que al igual que en ella se da una congelación del mundo. El tiempo se convierte en una cosa. Tanto en la ideología como en la esquizofrenia, la historia no se vive, sino
que se sueña. No existe un desarrollo temporal, sino que se da de forma mágica, espacialmente.
Otro aspecto importante de ambos fenómenos, ideología y esquizofrenia, es la pérdida de la dialéctica entre el yo y el mundo: tanto el
uno como el otro se convierten en cosas estáticas. Las antinomias se congelan.
El pensamiento dualista queda detenido, de forma que los conceptos antinómicos adquieren un valor extraordinario, absoluto. Así, los arios y los judíos son compartimentos cerrados, lo mismo que el capital y la clase obrera, o los católicos y los herejes. Se demoniza al contrario que representa justo lo contrario de lo que uno cree ser. Ni siquiera se entiende que un concepto es imprescindible para el otro.
La ideología es una forma de pensar encapsulada en sí misma, cerrada, dogmática, ajena a la realidad, inaccesible a cualquier experiencia.
Vemos, pues, claramente, los inconvenientes del pensamiento dualista llevado a sus más negativos extremos: su congelación y apli-
cación al pensamiento social con las secuelas desastrosas que ya conocemos. Probablemente habrá que considerar a las ideologías como el gran engaño colectivo, fruto de nuestro cerebro.

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