martes, 15 de enero de 2019

La luz moral de la utopía
Rafael Pompilio Santeliz
Cuando se quiere dejar de lado a una posición idealista, basta con etiquetarla como “utópica” es decir, “pretender satisfacer con soluciones óptimas”. Es necesario distinguir entre una actitud utópica y el pensamiento utópico. D. Riesman describe algunos rastros de este pensamiento: “testimonian un cambio radical de la sociedad, recordando en cualquier situación, que lo posible existe; que la posibilidad puede realizarse racionalmente, por esto, es necesario tener esperanzas en el futuro”.
Para determinar el papel que el pensamiento utópico tiene sobre la reflexión pedagógica hay que mostrar cómo cada posición influye sobre la educación. Para P. Furter, puede ser una técnica intelectual; pensar con imaginación las modificaciones posibles de una sociedad, para abrir perspectivas. Por ejemplo, el Emile de J. J. Rousseau, continúa siendo un modelo que, si bien no determina hacia dónde vamos, es útil para indicar aquello que debe cambiarse, aún hoy, en nuestra realidad educacional. Esta connotación se acerca mucho a otra sugerida por R. Ruyer: “que sirva para ejercitar la inteligencia”. La utopía sería, para este autor, el producto de una experiencia mental gratuita, lúcida, indiferente a la realización, donde el hombre demuestra su inagotable posibilidad de creación. En las condiciones estructuralmente viciosas que inciden en la pasividad docente, la utopía sería una manera de despertar la conciencia de ir más allá de lo establecido en los viejos sistemas, esbozando alternativas audaces, aún cuando parezcan insensatas para el conservadurismo académico. Su función educativa sería la preparación para la reflexión, la metacognición, el ejercicio idóneo de la inteligencia pura de gran importancia en la enseñanza superior. En estas dos acepciones pareciera que la utopía no tiene propiamente una función social sino utilidades propedéuticas y formales.
Para G. Dujeau, la utopía no es una mera demostración psicológica de la libertad, al nivel de la inteligencia pura, sino una manera sutil de pensar pedagógicamente el sentido actual de la historia; una forma de tomar distancia con la historia, para poder reflexionar dialécticamente sobre ella, retraerse un poco de las obligaciones tiranas de la realidad inmediata para escaparse y medir todas las consecuencias de una acción. Permite comenzar un diálogo para reflexionar sobre la realidad sin necesidad de acciones impositivas. La utopía es un pensar en el tiempo, es la idea del planeamiento de técnicas educativas ligadas a la acción y a la imaginación. Para K. Mannheim, ser utópico no es huir a ningún lugar (u-topos), ni a ningún tiempo (u-cronos), sino un modo de criticar sistemáticamente la situación adversa y actuar con criterios realizables (heterotopía). Una manera de manifestar en el momento las exigencias del absoluto, en donde el mito de la ciudad ideal no se puede explicar por la situación histórica, sino por una existencia absoluta inscrita en el hombre.
H. Marcuse, señaló al pensamiento utópico como una de las formas de reivindicación necesaria del principio del placer contra el principio de la realidad, que, en la sociedad industrial, destruye la libertad humana a través de una adaptación monstruosa a la realidad inmediata. Fabricar utopías es una manera eficaz de combatir al nihilista que afirma que todo va hacia la nada y hacia la muerte. Que nada de lo que estamos intentando servirá. Al contrario de esta actitud, el discurso pedagógico sería un deseo de cambio, un desear otra situación pretendiendo realizar algo aquí en esta tierra u en este país, preparando a la opinión pública para ciertas realidades posibles. Cuando un educador reflexiona, pondera, abstrae y extrapola realiza de hecho, una utopía. Al pensar en el futuro en su cotidianidad real se compromete con el presente; al plasmar en el aula esta contradicción afirma una dialéctica, un movimiento que busca lo probable. Una utopía se escribe cuando su autor cree en las posibilidades de realizaciones en otros tiempos.
En las obras de arte el hombre visualiza fragmentos de futuro que despiertan nuestro entusiasmo esperanzado. La medicina manifiesta el anhelo contra la muerte corporal; la arquitectura cambia el paisaje, recordemos Brasilia; la química que desde la alquimia hasta la actualidad transforma la estructura de la materia. Todos estos caminos diversos conducen a la noción de la praxis humana. El deseo ha movido la historia. Aún en el cuerpo. Cuando un hombre sueña en la vida cotidiana, se proyecta y se transciende hacia un futuro que anima su esperanza. El hambre, por ejemplo, alimenta la utopía de no- tener- más- hambre; al no poder satisfacer enteramente este deseo colectivo, todos los días va a inventar transformar el mundo. Cuando hay otro tipo de hambre, de nuevo aparece el deseo, porque el hombre es un ser de carencia, siempre le falta algo. Esta imperfección lo lleva persistentemente a buscar qué perfeccionar. La sensación de insatisfacción es porque el mundo no está terminado. Él y el mundo pertenecen al “aún no”, lo que no implica el nunca será. Es un “homo viator” que camina hacia la prometida perfección y por esto estudia hasta su muerte, comprometiéndose con acciones concretas, orientadas por la utopía, con raíces en su propia condición latinoamericana.
La luz de esta moralidad alumbra los espacios compartidos. Enfoca el encuentro de lo diverso con una didáctica dialógica argumentativa que busca hacer síntesis de proyectos no antagónicos. Es una eticidad afincada en la creación del ciudadano libre y responsable, capaz de actuar sin coerción, en todos los ámbitos.
La tarea del educador en la Venezuela Bolivariana es llevar a cabo, pedagógicamente, este itinerario.

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