sábado, 25 de diciembre de 2010

LAS FLORES DEBAJO DE LA VENTANA...


Luis Sexto

Pocos dudarán de que el hombre no puede vivir sin ilusiones. O sin esperanzas. Todo individuo es sujeto de la esperanza. Y toda sociedad por tanto, tiene que ofrecer la esperanza, la ilusión, que no fantasía, como sostén. Esa actitud marca, orienta, hasta cierto punto, la subjetividad que a veces falta para cambiar las cosas.

Hemos de comprender, como “discípulos de la historia”, que no se trata de acomodar la vida a la teoría; más bien de acomodar la teoría a las urgencias de la vida. Y así nuestros sueños a favor de las personas no implican -pues nos opondríamos a las verdades de la realidad- repartir entre todos la pobreza con cuyos valores precarios se amengua también la libertad y el perfeccionamiento social.

No todos pobres, pues. Por el contrario, habrá que producir, reproducir y distribuir equitativamente la riqueza, pero sin emparejamientos desestimuladores. Lo sabemos: la igualdad ha de concurrir, generalizarse colectivamente en una cita con las oportunidades no igualitaristas de bienestar. Y aunque cualquiera podría argumentar que esta fórmula no rebasa “el derecho burgués”, yo preferiría empezar, continuar y consolidar la revolución mirando las flores que están debajo de mi ventana que añorar las que no se vislumbran en la lejanía.

Es esa la más cierta esperanza: partir de lo que necesitamos para alcanzar el horizonte visible o previsible. Pero para convertir la ilusión, o la esperanza, en una fuerza o en una generadora de fuerza, se precisa la convicción de que cada uno de nosotros somos razones imprescindibles para cualquier afán de renovación. Cuando sabemos hacia dónde vamos, la voluntad común se apresta a arriesgarse, a formar parte de “la larga marcha” de la fundación o refundación de los sueños, o mejor, de la solución de las necesidades.

Pero, ¿vemos los riesgos de no saberlo? Me parece que si las soluciones exigen modificar visiones y actitudes y muchos quizás no puedan explicarse los remedios y los fines, resultará lento, enojoso aglutinar en Cuba el consenso y con este la unidad sobre una estrategia de mejoramiento. Porque cuando un individuo se siente, aunque no sea cierto, como una pluma batida por un viento inescrutable o incontrolable, se aferrará a la desconfianza y la falta de fe.

Ese hombre, pues, necesitará de la aclaración, del sostén espiritual -no solo ideológico- de la política. La política, como relación básica en los conglomerados humanos. Política que no se resuelva en apelaciones o consignas, sino en los términos que haga que la mayoría, que no anda con las luces halógenas de la delantera, sepa que cuentan con ella y que es por ella y para ella, pero no sin ella, el destino final, a pesar de lo confuso que resulte el camino. Por ello, no parece conveniente que, en medio de la puja por andar, algunos de los peregrinos crean que el orden de la marcha sea tan rígido que estorbe el paso, o tan rígido que les parezca entrever que, a pesar de todo propósito, le recortan la esperanza, porque le definen el espacio como breve y provisional, o como un “mal necesario”.

Desde mi modesta imbricación con los afanes de mi pueblo, creo que una ilusión sin asideros o poco clara podría ser asumida engañosamente, aunque las intenciones digan lo contrario. Porque, a fin de cuentas, y lo hemos repetido en otro momento, las intenciones no se definen por sí mismas, sino por cómo son registradas o evaluadas por los destinatarios.

Y vistas así las cosas qué recomendar a mis compatriotas, si de algo sirven estas letras, sino forjar una relación entre la esperanza y la confianza; entre lo que me ofrecen y debo devolver, lo que necesito y debo multiplicar; entre el orden y el paso, la mano y el índice. En fin, habremos de evitar la desilusión porque desilusionarse puede implicar diluirse, fraccionarse. Y todo cuanto nos fragmente será, en esta hora de la historia de nuestra nación

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