lunes, 24 de febrero de 2020

Recordando ese 27 de febrero como la primera insurrección mundial contra el neoliberalismo. Intifada que motivó a militares nacionalistas a iniciar la refundación procesual que nos acontece. Este fue el primer libro que salió de varios días de amanecidas, viendo al bravo pueblo tomando las riendas, por sí solo, como un aviso a las clases dominantes de lo que puede ser capaz.
El 27 F,¿OTRO INICIO SIN FINAL?
Rafael Pompilio Santeliz.
El 27 de febrero de 1989, fue un hito doloroso y fundacional, una masacre que intentó quebrar un rumbo. Un pueblo con rabia que destruyó con justicia, sin dirección. Terminado el saqueo, los perros guardianes de la propiedad arremetieron asesinando aún más, para crear el precedente del nunca jamás. Pero siempre surgió el peligro esperado. De ahí en adelante, ahora sí, el pueblo empezaría a construir su porvenir. Irreversible quedó este saldo organizado para no volver atrás.
El Presidente Carlos Andrés Pérez había satanizado al FMI como una “bomba que sólo mata a la gente.” Luego, engancha y cambia, procediendo a implementar al pie de la letra el recientemente formulado Consenso de Washington. El “paquetazo” fue anunciado apenas dos semanas después del discurso inaugural en el que había atacado a las instituciones prestamistas.
El paquetazo de CAP empezó con el aumento del 100% de la gasolina, incluyó la restricción de los gastos fiscales y de los salarios, desregulación de las tasas de cambio y de interés, eliminación de subsidios a la agricultura, relajación de los controles de precios, introducción del IVA, liberalización de los precios de los bienes y servicios estatales, eliminación de los aranceles y liberalización de las importaciones para crear un Gran Supermercado mundial sin limitaciones.
La respuesta fue el saqueo generalizado, más de 1000 negocios quemados y un resultado represivo de miles de muertos. Más el nacimiento de un proceso que inunda de nacionalismos la Nación continente.
La Carta de Intención fue firmada con el FMI el 28 de febrero, mientras la mayoría de las grandes ciudades venezolanas estaban sumidas en disturbios y saqueos. Desde ese tiempo cambió el calendario Juliano: ahora sería: Diciembre, enero, verguero… luego de sucederse el 4 F.
Alejandro Izaguirre era el Ministro de Relaciones Interiores de CAP. También fue secretario general de AD. Es recordado por el patatú que no le permitió terminar su alocución de radio y televisión para anunciar al país que todo estaba en calma. “Sólo en Caracas subsisten… perdón, no puedo”. Y cayó. Esto representó el fracaso del gobierno de controlar la rebelión: el ministro se había presentado en vivo para afirmar que todo estaba bajo control, sólo para desmayarse, obligando así a suspender la transmisión.
- ¡Estamos sin gobierno!, gritaba el barrio. Y más saqueó.
Izaguirre, conjuntamente con Carlos Andrés Pérez, Reinaldo Figueredo, Carlos Jesús Vera Aristiguieta y Oscar Enrique Barreto Leiva fueron enjuiciados ante la Corte Suprema de Justicia por el delito de malversación genérica agravada. Sin embargo, el ex ministro carabobeño logró ser indultado antes de que se dictaminara una sentencia definitiva por Rafael Caldera, quien para ese entonces era presidente de la República.
Si los sesenta representaron al final unas vanguardias sin masas, el último año de los ochenta inició un proceso de masas sin vanguardia. Y si coincidimos en que este despertar empezó en 1989 con sus 3000 muertos, y a estos les sumamos los del 4 de febrero, los del 27 de noviembre, los asesinatos de abril, los degollados por las guarimbas y casi tres centenas de campesinos asesinados en la lucha por la tierra, entonces este proceso no ha sido nada pacífico, como algunos dicen.
Ese alzamiento a la venezolana se ilustró perfectamente en la mañana post saqueo. Todo el ambiente olía a chicharrones y fritangas, en medio de la basura, los incendios y los muertos. Como un bufet se colocaban parrilleras, música, short, dominó y exquisitos licores, recién expropiados. Un pueblo con la bandera tricolor ondeando en zonas liberadas, esquivaba con pasmosa tranquilidad los muertos tirados en el piso, como si hubieran siempre vivido entre las ruinas de los bombardeos de Beirut.
Ese día asesinaron mucha gente. Aprovecharon y mataron la inocencia. Hasta los agradables locos caraqueños desaparecieron esos días. Los nadie, los olvidados, los sin voz, los hambrientos de sed y de justicia, sólo se llevaron migajas para su hambre o alguno que otro paquete de harina con manteca. Sólo fue una masa robando masa. Porque el saqueo, el desgarrador y feroz saqueo, ya había sido hecho por los señores del dinero, organizado, con estricto orden y cuidado.
Fue buena la versión del dramaturgo José Ignacio Cabrujas, sobre el saqueo. Cuenta que después que el mandatario ofreció una coronación monárquica, con un séquito de presidentes del mundo, el pueblo pensó que ya venía la fiesta de la casa y el anuncio como en el 73, cuando el embargo petrolero de Irán y el barril a 36 $ con medidas populistas, y de nuevo el “ta’ barato, dame dos”. Pero la respuesta de Pérez fue empaquetar al pueblo. Este ni corto ni perezoso montó su propio show el 27:
-No importa Carlitos no me des nada, yo mismo me sirvo mi vaina. ¿Quién ha visto toma de posesión sin fiesta pa’ los de la casa?
Se oficializó el tiro al blanco… al negro, al indio, al mestizo… Al recluta Juan Salchicha, lo buscaron por ser francotirador. Acostado bajo el camión militar disparó, como quinientas veces. Ni idea de cuántos se echó. “Eran como esos patitos que corren por una banda en un carrusel y uno gana premios por atinar. Esa era mi orden y así la cumplí. Acabar con lo que se pueda”. Nos confesó un día.
Se afianzó el rumor de asesinatos masivos, dementes callejeros, revolucionarios identificados, estudiantes rebeldes… Esto llevó a una excavación en 1990 de una fosa común en un sector del cementerio público llamada, no por casualidad, "La Peste." 68 cuerpos en bolsas de plástico fueron desenterrados en el lugar, y nadie sabe cuántas muertes más fueron ocultadas por las fuerzas del gobierno. La contraloría social y Radio Bemba calcularon los muertos en 3000.
El poder se había trazado aleccionar, disparar indiscriminado hasta a la gente que venía de su trabajo. Se buscaba eliminar la contradicción pre-revolucionaria de cambio: “Cuando los de abajo no quieren y los de arriba no pueden mantener su orden”. Por ningún lado se veía sanción contra el crimen, la corrupción y costo de la vida. El pueblo como movimiento recobraría la esperanza, buscando ser su propio dios.
Para ese tiempo, del pos saqueo, la prensa sólo repetía la palabra de los asesinos. La tal concertación caía en desconcierto. La represión selectiva y preventiva llevó a los sótanos de la tortura y a Tribunales Militares a decenas de luchadores sociales, “culpables del Caracazo”.
El toque de queda empezaba a las 6 de la tarde. A esa hora exacta, sonaban miles de disparos desde cerros y residencias, en medio de parlantes caseros, que colocaban en los balcones, a todo volumen, con la melodía de Alí Primera, “El pueblo manso”. Se oían gritos teatrales de ¡Asesinos! Y los soldados disparaban sin piedad contra lo que se moviera o no. Los frisos de los edificios caían como barro por el aluvión de proyectiles. Como perros guardianes de la propiedad, golpeaban o mataban a quien apenas saliera. Eso eran, perros de presa.
Pero se fue creando el Otro poder. Hay una consigna que pegó y se interiorizo en los venezolanos: “El petróleo es nuestro”. Ese slogan no era de CAP, fue Bolívar quien dictaminó el derecho común a lo que yace en el subsuelo. El alza de la gasolina agitó el fermento revolucionario, uniendo estudiantes, profesionales e informales. Pero sobre todo, al bajo pueblo. La respuesta a la suspensión de garantías y toque de queda se expresaba al vesperal, a las 6 en punto, a plomo cerrado. Una poder de fuego inigualable desde los cerros barriales. La pregunta existencial que se hacia era: ¿De dónde saldría tanto parque? Eran demasiadas municiones.
Si la III Guerra mundial o Guerra fría, (1946-89) buscó frenar el avance socialista, librando 149 guerras en todo el mundo, con la bicoca de 23 millones de muertos, la IV Guerra, la del neoliberalismo y sus potencias contra la humanidad, abarcará a todos los continentes. El poeta radical, Luis Brito García, hace una ilustración sepultante: “Cuando la concentración de capitales y la automatización acumulen toda la propiedad del planeta, en pocas docenas de propietarios, todos los demás seres humanos serán desechables. Adivine usted en cuál grupo quedará comprendido, y sabrá qué bando le corresponde en la última Guerra Mundial.”
El 27 de febrero de 1989 fue una Intifada Caribe, que como una andancia se regó por el mundo. Fue la primera respuesta al neoliberalismo en Latinoamérica y al inicio de la IV Guerra mundial. No fueron el estallido del ¡Ya basta! zapatista del 94 contra el TLC, ni Seattle del 1998, quienes iniciaron esta respuesta, fue el mal llamado Caracazo, la revuelta más violentamente reprimida, en la historia latinoamericana, contra las medidas de austeridad.
En este balance serían necesarias dos precisiones: El “Caracazo” es engañoso, pues oculta la naturaleza generalizada y nacional de la rebelión. En todo caso, sería el Guarenazo. Y la segunda la esboza Juan Contreras, jefe de la revolucionaria Coordinadora Simón Bolívar, quien argumenta que fue el “Caracazo” en 1989, más que el par de intentos de golpe en 1992, lo que destruyó definitivamente la antigua y corrupta “partidocracia”. Y la prueba es que esos golpes fueron resultados directos de la rebelión de 1989 o, como también dice Contreras: “Chávez no creó los movimientos, nosotros lo creamos a él.” O sea, Hugo Chávez, no fue El Padre, fue un hijo, el que parió la convergencia de la categoría dialéctica entre necesidad y casualidad.
Cuando un pueblo se une viendo perspectivas, abunda el fervor y la buena voluntad. La estructura de la economía informal suministró coordinación y comunicación En taxis piratas y motocicletas, iban y venían por la ciudad. Convirtieron la rebelión espontánea en algo coordinado, lo más parecido a una situación pre- revolucionaria.
Bochinche, puro bochinche, dijo una vez Miranda. Esa reflexión mirandina se une a los recuerdos en el belicoso el barrio San Andrés, en El Valle. A ese suburbio le lanzaron hasta tanquetas que abrían boquetes en ranchos enteros. Altaneros, los milicos ametrallaron multitudes, que como si fuera un juego, a veces les pedían “taima”, para retirar sus cadáveres, burlándose de la vida y de la muerte.
Para cubrir la masacre, más con circo que con pan, al año les hicieron una fiesta en la entrada del barrio, con los clásicos merengues Billofrometistas de la cultura adeca. Desclasados, muchos bailaron como si nada. Sólo un perro sin sus patas traseras, perdidas por la metralla indolente, se arrastraba con rabia, como recordando, quizás, lo sucedido.
Con el tiempo al pueblo caraqueño le dio como pena. Hay historias que se buscan sepultar. Las derrotas son huérfanas, reza un dicho, recordando tantos muertos. “El país lucía entristecido. La salsa sonaba con culillo en las esquinas del barrio. El vallenato temía orientar nacionalidades señaladas como causales. La misma enfermedad silencia el merengue y otros ritmos Caribes. Casi que hacen perder el humor que nos caracteriza como pueblo alegre y jodedor”, escribía un periodista amigo. Se hacía un silencio con cierto bochorno cuando se recordaba el asunto. ¿Será que para rehacerse del agravio, nuestra gente hace que se olvida? Ah, pero… no hay pueblo vencido, también dicen. Eso nos salva, de otro despertar, sin ver terminado el sueño.

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