jueves, 6 de octubre de 2016

La guerra (no) ha terminado

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Por: Juan Chaneton
El soberano se ha expedido en Colombia y ha dicho que NO quiere los acuerdos de paz con las FARC-EP pero que eso no significa que quiera la guerra. Este círculo cuadrado que pretende el soberano parece tener un principio de interpretación en la inmediata declaración que, el domingo 2 de octubre por la noche, ofreciera el dirigente máximo de la organización guerrillera, Rodrigo Londoño Echeverri, en La Habana. Dijo allí: “… lamentamos que el poder destructivo de los que siembran el odio y rencor haya influido en la voluntad colombiana”. 
En efecto, la propaganda “blanda” que encabezaron los belicistas Álvaro Uribe y Andrés Pastrana en sintonía con los sectores ultra duros del Pentágono (Ashton Carter), parece haber dado los frutos apetecidos. Lo que se abre ahora en Colombia es una incógnita. Las FARC-EP no van a volver a la selva aunque no van a iniciar el proceso de dejación de armas, pero tampoco podrán entrar a la liza electoral. Se fortalecen las líneas guerreristas. Se fortalece la lucha contra “el terrorismo y el narcotráfico”. Sólo falta que en noviembre gane Hillary y… cartón lleno, dicho lo cual nos apresuramos a aclarar que tampoco abogamos por un triunfo de Trump.
El presidente Santos, Cuba, Venezuela, Noruega, el Papa y Ban Ki Moon, el ornamental secretario general de la ONU, estuvieron involucrados en el SÍ. Hay, en ese grupo, actores a los que EE.UU. considera enemigos a escala global. Pero la derrota, al parecer, sería, en primer término, de Juan Manuel Santos y la victoria del guerrerista Álvaro Uribe. La detonación del NO en el plebiscito reciente puede tener consecuencias de cara a las elecciones del 27 de mayo de 2018, a las que concurrirá el Centro Democrático, el partido derechista de Uribe y a las que, hasta hoy al menos, no podrían concurrir las FARC con partido político propio.
Queremos la paz -dicen a estas horas los que votaron NO- pero no esta paz, sino “otra” paz, una que surja de la renegociación de los Acuerdos. Pero la otra paz que quieren es inaceptable para las FARC: la derecha pretende un acuerdo del que la guerrilla salga absolutamente derrotada, esto es, en primer lugar, que acepte que Rodrigo Londoño y otros dirigentes, vayan presos o que sean extraditados a Estados Unidos.
El argumento se cae solo. Arguyen que los que cometieron crímenes de lesa humanidad no pueden participar en elecciones. Pero entonces tampoco puede participar el presidente Santos quien, cuando era ministro de Defensa de Uribe, operó militarmente en territorio extranjero, violando la soberanía de Ecuador y, para matar a una persona, masacró a treinta, sin contar las deforestaciones con glifosato que causaban muertes entre la población civil. Se trató de la “operación Fénix”, así llamada en honor a la operación Phoenix con que los EE.UU. masacraban a cientos de vietnamitas durante aquella guerra.
¿Y qué decir de los dueños de los bancos, de las empresas y de los latifundios colombianos que financiaron a los paramilitares? Eso es lo mismo que financiar al terrorismo de Estado y del esfuerzo que cuesta llevar a estos oscuros personajes al banquillo, algo sabemos los argentinos.
Parece ocurrir que como no puede repetir los asesinatos masivos de los años ’80, la derecha colombiana pretende una derrota completa de las FARC por la vía negociada. Lo que ocurrió aquella vez fue más de lo mismo. Ya en aquellos años, la guerrilla se desmovilizó y presentó batalla en la superficie electoral con el nombre de Unión Patriótica. Es lo que el Estado burgués estaba esperando: dos candidatos a presidente (Jaime Pardo Leal y Bernardo Jaramillo Ossa) fueron asesinados. En total, la UP perdió 3000 militantes y simpatizantes. Los guerrilleros decidieron volver a las montañas y a la selva.
El caso es que si ya era difícil sostener el optimismo por un proceso pacífico de lucha electoral en un contexto latinoamericano en que estas experiencias están mostrando sus límites, ahora se ha corrido la línea roja más atrás todavía: la derecha, con el apoyo de un pueblo al que le han inculcado la mentira gota a gota y todos los días, no quiere que las propuestas sociales, económicas y políticas de las FARC tengan auditorio masivo. Y, al parecer, lo están logrando.
De paso, no se modifica el statu quo. Para defender el latifundio y la apropiación obscena de la riqueza que produce Colombia, es mejor tener a la sociedad militarizada y en guerra. Por eso, los gerentes de esa burguesía granpropietaria (que también trabajan en sintonía con los sectores ultrabelicistas del Pentágono), aparecen como los más enconados enemigos de la paz.
No obstante, los procesos no se detienen y en Colombia se había lanzado un proceso hacia la paz que aunque sea un poco más tarde, llegará de todos modos. Lo actuado en La Habana, el 23 de junio de 2016, y en Cartagena de Indias, el 26 de septiembre último, no caerá en saco roto. El pueblo irá abroquelándose en las organizaciones que sepa construir y la burguesía propietaria lo hará en torno del ejército, de la policía y del poder judicial. Allí, en esa tensión (que responde a un diseño estadounidense) se jugará la paz. Pero esa paz se juega, además, en un país donde EE.UU. tiene siete bases militares a las cuales no está dispuesto a renunciar. El presidente Santos nada dijo, nunca, respecto de las bases militares extranjeras en Colombia.
Las FARC-EP, en principio, no querían el plebiscito sino una Asamblea Constituyente. Aquí, los medios no pueden influir como sí lo saben hacer en las cabezas del pueblo sometido a constante bombardeo agitativo. Se verá, ahora, si es posible explorar algo en este sentido, pues lo cierto es que nadie, en Colombia, pensó en un “plan B” por si triunfaba el NO. Y el escenario se ha precipitado, entonces, encontrando a todos, incluso a la derecha, sin saber cómo sigue la película.
El caso es que ni pidiendo perdón a las víctimas -como hizo el comandante Londoño- se ha logrado avanzar hacia la paz en Colombia. Los críticos de ese gesto magnánimo -que los hubo- habrán de estar ahora pensando en cobrar alguna factura. Pero ello no será sino la reacción moralmente pequeña dictada por la ofuscación antes que por la razón y la mirada de largo plazo.
También se abre un interrogante en punto a la responsabilidad que asumía el Estado en los Acuerdos previos en cuanto a garantizar la vida y la libertad de los desmovilizados miembros de las FARC-EP. Estados Unidos ofrecía -por lo menos hasta agosto de este año 2016- cinco millones de dólares de “recompensa” por datos que llevaran a la captura de Rodrigo Londoño, a quien acusaba de “narcotráfico y terrorismo”. ¿Qué pasa si el Departamento de Estado, en algún momento, pide su extradición? En Siria firmaron con Rusia un tratado de paz y a la semana siguiente bombardearon al ejército legal de ese país. Moral y principios no es algo que se pueda esperar del imperio.
Por su parte, la otra guerrilla, el Ejército de Liberación Nacional (ELN), sigue activa aun cuando está en conversaciones con miras a la desmovilización. ¿Qué hará ahora?
Por último, estaríamos viviendo, en América Latina, un renovado proceso de crisis de confianza en las representaciones políticas tradicionales, lo que no significa, necesariamente, que se trate de una crisis de la política como quehacer humano en sociedad. Eso se ha visto en Brasil, también el domingo 2 de octubre, en las elecciones municipales, y en Colombia participó sólo el 38 % del padrón de habilitados, lo que arroja un abstencionismo superior al 60 %. Es mucho. Los guarismos más o menos finales: de 12.599.231 votos válidos, por el SÍ se inclinaron 6.270.730 personas (49,77 %); por el NO, 6.328.501 (50,22 %).
Así las cosas, la siempre desmesurada y ficcional realidad colombiana imita al arte-cine de Alain Resnais. Su película La guerra ha terminado versa sobre el conflicto franquismo-República. El último parte de guerra que firmó Francisco Franco dice: “En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército Rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado…”. Aquello ocurrió en Burgos el 1º de abril de 1939, es decir, hace más de setenta años.
Es curiosa la paradoja con lo que ocurre hoy en la sociedad colombiana. La guerra que empezó allí hace más de medio siglo quiso culminar ahora y no pudo. Parece lícito decir, entonces, que la guerra no ha terminado y que tal vez esté mutando sus formas. Aunque esto habría sido válido, igualmente, si hubiera ganado el SÍ.

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