jueves, 16 de julio de 2020

 Mi villano favorito.
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CAROLA CHÁVEZ.
Vengo del lugar aquel donde Diosdado era malo, el villano dueño de todo, el enredador, el bichito que: “Chávez, date cuenta, te están engañando”. El tipo con ojos de tigre, de tigre maluco, siempre maluco, cuidao y te resbalas que te jodo. Diosdado Cabello, el tipo del que todos los buenos chavistas debíamos desconfiar.
Caí de paracaidista un día, desde mi lugar de desconfianzas y certezas terribles, a la Campaña Perfecta de 2012, con Chávez cerquita y con él, todos sus compañeros más cercanos. Desde ahí los podía ver en vivo y directo, detrás de las cámaras, extraño privilegio, regalo de la vida para una mirona curiosa como yo.
En campaña no hay mucho tiempo para poses y menos en aquella que fue una batalla enorme, con tantos frentes abiertos, peligrosos, dolorosos… Ahí o te subías o te encaramabas, no había cómo ocultar las costuras. Ahí empecé a entender tantas cosas, ahí empecé a entender y a conocer a Diosdado.
El primero en llegar y el último en irse: recuerdo cuando llegamos a Yaritagua, a las ocho de la mañana, Chávez estaría allá a golpe de cinco de la tarde. A esa hora tempranera llegamos nosotros, la avanzada del equipo de Prensa Presidencial, y yo de asomada. Había mucha gente en la calle, toda Yaritagua ya estaba esperando a Chávez. Ya había un gentío frente a una tarima que apenas empezaban a levantar unos cuantos compañeros. Entre ellos, sudando ya de mañanita, estaba Diosdado.
Diosdado revisaba la estructura, probaba el sonido, pendiente de cada detalle, no paraba. Sudado, colorado, contento, parece una maquinita incansable, hasta que el sol le recuerda que tiene sed y busca agua y bebe y mira hacia la multitud que ya al mediodía abarrotaba la avenida hasta los tequeteques y su sed le dice que ellos también deben estar sedientos. Entonces Diosdado manda —porque sabe mandar Diosdado― que traigan agua, que la repartan por todos lados, hasta allá lejísimos al final de la avenida, señala con el dedo apuntando al infinito.
Con brazo beisbolero Diosdado pichó unas botellitas a los que estaban más cerca de la tarima. Entonces todo fue una fiesta: atrapar la botellita de Diosdado, más que calmar la sed, llenaba el alma. Cada botellita era festejada y compartida. Diosdado apuntaba a que llegaran a los niños que lo miraban emocionados. Era Diosdado, el de Chávez, el que sale en la televisión, allí con ellos, calmando la sed.
Faltaban horas todavía para que llegara Chávez y ya no cabía ni un alfiler. Entonces el cielo azul de Yaritagua se puso gris oscuro y cayó un palo de agua de esos que ponen a la gente a correr, pero nadie corrió, solo Diosdado, a revisar que no se mojaran los cables del sonido, a ver que el gentío que esperaba a Chávez estuviera bien, que no se fuera. Fue entonces cuando vi lo imposible: Diosdado, en la orillita de la tarima, frente a la multitud, bailando, invitándonos a todos a bailar. Y todos bailamos bajo la lluvia yaracuyana, culpe Diosdado.
Ese día empecé a ver los ojos de aquel tigre con otros ojos, aunque mi necedad me hacía seguir buscando algún indicio, aunque fuera chiquitico, de aquel Diosdado ambicioso, tramposo, y hasta déspota, que nos habían vendido y que muchos habíamos comprado. Y mientras más buscaba, menos encontraba y mientras menos encontraba, más lo quería.
Todo de lejitos, manteniendo las distancias de la desconfianza, creo. Él me saludaba simpático y seguía de largo. Tenía mil cosas que hacer. Yo lo saludaba y seguía en lo mío, pero sin dejar de estar pendiente de lo que él hacía. Y así llegó el final victorioso de la campaña y no nos despedimos.
Meses después nos volvimos a encontrar en otra campaña, esta vez una dificilísima, por dolorosa. Chávez se había ido y, plenos como la luna llena, estábamos en campaña con Nicolás. Y otra vez los vi llegar, esta vez a Porlamar, en aquel camión, ahora con Nicolás al frente y Diosdado igualito, adelante, sobre el parachoques, evitando que la multitud se arremolinara peligrosamente cerca del camión y de sus ruedas.
Mientras bajaban del camión y subían a la tarima, me tocó dar unas declaraciones para la tele, así que no pude saludarlos cuando subieron. Terminé de hablar y me di la vuelta y ahí estaba Diosdado que, por su reacción, supe que no esperaba verme ahí. ¡Carola! ―dijo como si le hubieran sacado el aire y me abrazó durísimo sin decir una palabra más. Yo lo abracé igual de duro y me puse a llorar, porque tenía tantos recuerdos tan recientes, todos alborotados: ahí estábamos todos los que Chávez había juntado, pero Chávez ya no estaba.
Lloré con hipidos no sé cuánto tiempo, hasta que Diosdado me soltó, puso sus manos en mis hombros, como hacen los militares ―¡plaf, plaf!, dos golpecitos―, me miró a los ojos con sus ojos también llenos de lágrimas. Si todavía yo hubiera pretendido seguir con la pajuatada contra Diosdado, esas lágrimas definitivamente lo habrían evitado.
Desde entonces somos amigos conceptuales, como decía mi general Torrijos, amigos de ideas, de luchas de grandes batallas, y de las que más nos acercan: batallitas diarias, silenciosas, bonitas, humanas, enormes batallas pequeñas que marcan vidas.
Desde entonces, y con el paso de todos estos años tan difíciles, entendí tantas cosas. Entiendo por qué fue Diosdado el villano del cuento que muchos, tirándonosla de más chavistas que Chávez, compramos como conejos. Diosdado es fundamental. Diosdado es un pilar y tumbarlo era hacernos mucho daño.
Nos hacíamos daño y él ahí, tranquilo, firme, en el mismo sitio, seguro de que la verdad siempre se impone, y se impuso.
Y esa verdad me regaló un amigo entrañable, un líder fundamental, un hermano mío y de todos… Diosdado, “el villano”, mi villano favorito.

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