Goicoechea,
El metecasquillo
Federico Ruiz
Tirado
En
los barrios, escuelas y lugares de trabajo; también en la historia trágica de
los países, los partidos políticos y las corporaciones, existe un personaje
nefasto, a medio camino entre el pobre payaso digno de risa y el maldito
intrigante promotor de desgracias. Es el casquillúo o metecasquillo. Mucho más
vergonzoso que el provocador y mucho menos heroico que el agitador, su misión
consiste en estimular a los demás para que hagan cosas grandes o al menos
peligrosas, mientras él se esconde y cobra en dinero, fama o especies. En la
oposición venezolana hay unos cuantos monigotes que cumplen ese rol, pero el
más curioso de los últimos tiempos es este tal Yon Goicoechea.
El
Yongo se convirtió en figura pública en 2007, cuando el sifrinaje de las
universidades decidió que defender a la empresa 1BC y a RCTV (canal que su
clase social no vio ni verá nunca) era un gesto en defensa de la democracia.
Como en todos los movimientos estudiantiles de todo el mundo, aquel que el
empresariado venezolano estimuló, financió y llevó a arriesgar el pellejo,
tenía su brazo violento: esos eran los que salían a quemar, a apedrear, a
gritar, a frentear. Hubo otros que ese mismo empresariado quiso convertir en
famosos, en presuntos líderes políticos del futuro, en productos de televisión,
y ahí fue donde se destacó el Yongo, ya que su única habilidad consiste en
hablar y en empujar a los demás a que se arriesguen y se inmolen.
Así,
hubo episodios en que los estudiantes perpetraron desmanes (muy famosa la quema
de chaguaramos en la avenida Bolívar de Caracas) y se ganaron una fama de
sujetos violentos y aguerridos. Así, por carambola, se empezó a decir que el
Yongo también era así de valiente, violento, paladín y malote, cuando en
realidad lo que hacía era salir por
televisión hablando de sangre, de grandes proezas, de heroísmo y de luchas
populares; insultaba, vociferaba, desafiaba al poder, despreciaba a los
cobardes. Todo esto, con una boca más grande que la pantalla de Globivisión,
mientras otros anónimos (que sí eran malotes, paladines, violentos y valientes)
salían a jugárselas enfrentando a la policía y cometiendo alguna fechoría
contra la propiedad. Así era: otros se fajaban y el Yongo recibía trato de
héroe.
Hasta
que llegó un día de definiciones y el Yongo tuvo que salir del estudio de TV y
de los predios de la UCAB
y salir a discursear a favor de Marcel Granier en el Pedagógico de Caracas. Lo
hizo, temblando más que el subsuelo de Chile, y al salir le tocó demostrar con
el cuerpo lo que tanto había pregonado con la boca: que los estudiantes
chapistas eran una caterva de cobardes y él un ultramacho salido de alguna
película mexicana. El país entero lo vio correr por entre un montón de carros
(a pesar de ir escoltado por docenas de paladines como él) y finalmente ser
alcanzado por un muchacho que, levemente y con más compasión que ímpetu
homicida, le dio una bofetada que las televisoras magnificaron hasta
equipararla al lanzamiento de la bomba atómica. ¡Oh, le tocaron la cara a
Yongo!
El
héroe fue llevado a una clínica, donde le pusieron una curita en la nariz para
que pudiera salir así, con tan tremenda herida de guerra, otra vez ante las
cámaras. Dijo: “Tendrán nuestro cadáver pero no nuestra obediencia”. Seis meses
después le dieron el premio Milton Friedman (500 mil dólares), poco más tarde
fijó residencia en Estados Unidos, donde se casó y vive alimentando una
obesidad y una pinta de empresario, que es lo que al final sabe ser: un tipo
que administra dólares y vidas de esclavos. “Eso” fue de la vida del coloso
llamado a arrastrar al pueblo venezolano a una rebelión pro empresarial.
Ah,
pero no ha desaparecido del todo. Ahora, fiel todavía a su hábito
metecasquillo, anda escribiendo en la prensa unos artículos donde, otra vez,
amenaza a la rectora Tibisay Lucena con desatar una conflagración horrorosa en
las calles si el CNE tiene la osadía de leer el 7 de octubre los resultados que
dan ganador a Chávez. Dice que no sabe cuánto tiempo estará en las calles
rabioso para derrocar al Presidente, pero que será algo espantoso. Tan ridícula
su profecía como lo que ocurrirá: pase lo que pase, Yongo no estará en ninguna
línea de batalla real o imaginaria, sino en su casa viendo los acontecimientos
por televisión.
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