Crítica a la razón pura de una revolución socialista con visos de
antirevolución.
antirevolución.
Orlando Cristóbal Rendón.
Durante las décadas de los años 60 y 70 del pasado siglo XX, la
lucha de los movimientos revolucionarios venezolanos presentó en poco
tiempo dos aspectos políticos en una izquierda pletórica de ilusiones,
de sueños pero básicamente de fantasías, que fueron el anverso y el
reverso de una misma moneda. La historia conocida habla de las razones
que condujeron a nuestra izquierda a asumir posiciones que
transcendían más allá de la retórica pequeño burguesa, de la
deliberación pequeño burguesa y de cuyos contenidos operacionales
podía abstraerse posiciones tales como el deber seguir caminos
similares o parecidos a los andados por la revolución soviética para
el logro victorioso de la revolución venezolana. Olvidó la dirigencia
de esa revolución, que las condiciones históricas no se repiten jamás,
ni en tiempos, ni en espacios. Por otra parte, la victoria de la
revolución armada en la querida Cuba era reciente y ni aún con todo el
contenido latino americano que de ella emanaba, se podía ni se debía experimentar con
una revolución armada en Venezuela y mucho menos una importación de
la experiencia revolucionaria cubana, en tanto que el tiempo y los
logros obtenidos durante la lucha contra la dictadura principalmente
por el Partido Comunista de Venezuela, fueron hábilmente banalizados y
finalmente macartizados por una derecha ferozmente atada como actualmente lo es a los interés imperialistas norteamericanos, y a los errores en las decisiones de los principales
dirigentes revolucionarios de izquierda en aquellos momentos. El
tiempo demostró esos errores, esas malas decisiones de
nuestros dirigentes, ello, se tradujo en la pérdida del apoyo
popular obtenido en la pasadas décadas de los 40 y los 50 de ese siglo
XX, y el lanzamiento a la lucha armada en momentos en los cuales el
enemigo interno e histórico del pueblo, pueblo, se había reorganizado después de haber quedado huérfano de poder militar,
y de nuevo había recuperado sus influencias tanto en lo político como en lo
militar por cuanto su poder económico siguió intacto, al
momento de la caída del dictador Pérez Jiménez.
Muy cierto es, que los gobiernos gorilas de otros países latinoamericanos de esa época, completamente
entregados a los brazos del imperio norteamericano, no dejaron
alternativas a la izquierda revolucionaria. El gran problema fue que
los revolucionarios, cayeron en la trampa tendida por la derecha. En Venezuela, por
una parte, una derecha bien apertrechada ideológica, económica,
logística y políticamente, sumió y acorraló a la izquierda, verdadera
madre de la caída del dictador Pérez Jiménez, la ahogó en un mar de ansiedades
que más temprano que tarde le hizo tomar las decisiones esperadas por esa
derecha todopoderosa y que le dio la excusa perfecta para declararla
en “rebeldía”, una excusa que llevó a esa derecha a la
violación del para entonces congreso de la república y a la
persecución primero y asesinatos después, de cualquier cantidad de
revolucionarios de todas las edades y en todos los rincones del pais. El anverso de la moneda fue que, inicialmente entre
los revolucionarios, existía mucha juventud, existía mucho entusiasmo,
muchos deseos de confrontar a las fuerzas del gobierno derechista de
turno, a través de la lucha armada; y, esos deseos y entusiasmo,
originaron una corriente migratoria de jóvenes y algunos menos
jóvenes hacia los sitios de entrenamiento militar de las futuras
fuerzas armadas de los revolucionarios venezolanos, en cualquiera de
sus tendencias.
El reverso de la moneda debe buscarse en los
posicionamientos de muchos de los “revolucionarios” que migraron hacia
los sitios de entrenamiento militar o de los que se quedaron en las
ciudades para contribuir con la lucha armada desde los estamentos
urbanos, universitarios y otros ámbitos de las ciudades y/o
poblaciones. Desde el principio de la lucha revolucionaria, se hizo
evidente que, entre los revolucionarios existían tendencias que les
convertían en rivales irreconciliables y en esa irreconciliabilidad
pudo notarse, el papel de la pequeña burguesía enquistada funcionalmente en los
planes de una revolución. Esta pequeña burguesía, no tardó en quitarse
la careta. No pasó mucho tiempo para que desde ella, comenzaran las
traiciones, las delaciones, las entregas, en suma el verdadero
acomodo al lugar de donde procedía esta pequeña burguesía. En unos, el
cambio se hizo más tarde, tan tarde que hasta mediados de los años de
la década de los 90 del siglo XX dieron a conocer la verdadera cara,
la que el pueblo ya sospechaba. No obstante, hubo quienes después de
esa década de los 90 supieron esperar, no sabemos si, por ser
verdaderos conocedores de los conceptos marxistas, verdaderos
conocedores de los pensamientos Leninistas o Maoistas, verdaderos estudiosos de la marcha de la historia (cuestión que dudo) en fin
decidieron esperar a que el momento de mostrar sus verdaderas caras
llegara una vez que el pueblo sufriente se alejaba cada vez más de los engaños y la desesperanza a los que fueron conducidos por esa derecha , a que llegara “su momento”, y, tal vez creyeron y se
engañaron o tal vez se equivocaron, y en eso si no fueron capaces de
interpretar a esos tres grandes hombres de la historia, que el momento
por ellos esperado había llegado a finales de 2001 y/o en abril y diciembre del
2002, por eso iniciaron su accionar para derrotar la Revolución Bolivariana donde se habían
astutamente atrincherado, durante abril y diciembre de 2002 o desde el 4 de febrero de 1992. El
problema es que aún sobreviven, pasan aparentemente
inadvertidos dentro de las instituciones del estado donde ocupan
puestos importantes de decisión (leáse: alcaldías, concejalías, diputaciones, estructuras orgánicas del estado venezolano, empresas públicas, etc.), juegan un papel bastante
indecoroso al extremo de creerse a si mismos, jugadores impolutos
dentro de la Revolución Bolivariana. Por eso dicen “no volverán”,
pero a lo interno recuerdan a un Américo Martín candidato de las
“manos limpias al poder”, cuando en una visita a la biblioteca de la
Universidad de Carabobo, Núcleo Aragua; algún estudiante le preguntó
¿En verdad candidato, puedo creer en esas manos limpias al poder?, y
el tiempo se encargó de responder, o a los abuelos Petkoff, Márquez, Medina y muchos de esa fauna de farsantes.
Muchos de los revolucionarios de las décadas de los 60, 70 y 80 del
siglo XX, no pasaron de ser acartonados pequeños burgueses,
“snobistas”, “revolucionarios de cafetín” (término acuñado por adecos pero útil en este momento), habladores de pistoladas
cuya mayor heroicidad estuvo en hacer caer en una genitálica lucha a
la carajita inexperta que más les gustase para el momento. Hoy en día,
este panorama se repite a velocidad de la informática y los medios de
comunicación tanto públicos como privados, pero se repite. Por allí
los vemos, en la creencia de un liderazgo hecho a los realazos, en el
indigno papel del trepador, zapateando la aparente debilidad de
verdaderos revolucionarios que han preferido jugar el digno papel de
hacer la revolución dentro de la revolución, sin mirar para ello
cuales pueden ser los resultados de su posición.
Si hemos de ser honestos, nuestra revolución Bolivariana, es lo más
parecido a una antirevolución, pero eso es parte de la dialéctica a la que tenemos que sobreponernos. Parafraseando un poco al título de un
trabajo filosófico del pensador europeo del pasado, Kant, Crítica a
la razón pura, tendríamos que decir por lo que se observa actualmente
el que estamos obligados y es un deber de todo revolucionario, hacer
crítica necesaria a la razón pura de una revolución socialista bolivariana combatiendo los vicios, las degradaciones, las posiciones de derecha y reformistas, en fin proteger y mimar el proyecto bolivariano, es un deber terminar de hacer crecer el proceso político revolucionario venezolano, convertirlo en una verdadera revolución, pero, en tanto pase el
tiempo, afianzarla mediante reacciones ordenadas de cumplimiento con las responsabilidades que los cambios revolucionarios en una sociedad se originen. Una
revolución que no sea aparente, una revolución que haya madurado sus bases ideológicas y que
magnifique cada vez más su verdadera realidad y el amor por la solidaridad tanto a lo interno como a lo externo.. Nuestros
dirigentes “revolucionarios”, se engañan a si mismos si creen en su propio liderazgo, el líder es el pueblo y su conductor Hugo Chávez y este líder, nunca ha engañado a quienes lo llevaron a ser ese líder. Mucho cuidado camaradas que el enemigo en nuestro país, aunque timorato y como dice Chávez, majunche, también es malinche y apátrida, he allí el peligro.
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