domingo, 13 de diciembre de 2020

 Tatiana Gabaldón Martí:

ARGIMIRO GABALDÓN

Hoy a 56 años de tu intempestiva partida hacia la eternidad, con un amor infinito, profundo, abnegado, respetuoso y muy apasionado, quiero hacerte este humilde homenaje desde mi corazón al tuyo, desde mi alma a la tuya, con todo el compromiso que sembraste en nosotros, tus hijos, con esa palabra empeñada al pueblo, que heredamos de ti, en fin, con ese ejemplo de vida revolucionaria. Argimiro, papá, como te dijo mi Tatica, mi abuelo enorme, tu padre, tu guía, tu ejemplo, "No te lloro, sería agraviarte", te celebro todos los días de mi vida, te veo en la calle, en las plazas, en los parques, en la sonrisa de un niño o en la ternura de un abuelo, en el rostro de los verdaderos camaradas, en la inocencia de los humildes, en el quehacer de tantos hombres y mujeres que luchan todos los días en este pueblo. Hoy, si no te hubiesen apagado la vida, con aquella perversa bala traidora que atravesó tu humanidad, posiblemente estuvieses disfrutando de tus nietos y bisnietos propios y ajenos, estuvieras peleando con Luisa, tu amada compañera y con nosotros por querer coger calle, reunirte con la juventud, montarte en una tarima, en la batea de un camión, sin acordarte si quiera que tienes 101 años, jeje, que cosa tan buena hubiera sido, si a ese gran carajo, no se le "hubiera ido esa bala y entrado justo en tu costado", que maravilloso hubiera sido tenerte conmigo, tenerte con nosotros y no en el Panteón Nacional, como estás ahora, junto a tu héroe, nuestro padre mayor, Simón Bolívar.
Quiero compartir con tus otros hijos, los que te dió Venezuela, que por cierto son miles, tal vez millones, uno de esos poemas maravillosos que en esas hermosas montañas escribías en tus momentos de nostalgia, de pasión, de reflexión. Te amo papá, te amo con toda mi alma y mi ser.
En el camino
Yo vengo de todos los caminos
y estuve en todas partes,
a pie o en sueños, da lo mismo,
en alas ajenas o en mis propias alas,
y he dejado en cada espina,
en cada grieta, en cada tramo,
un poco de mi carne
y un tanto de mi aliento.
Yo he abonado con mi sangre
derramada en sentimiento,
la hierba lozana, la tierra yerma,
el aire que circunda,
el agua clara y la luz sobre la piedra.
Estuve en las raíces,
donde la roca se consume
y el oscuro mineral se ablanda.
En el tallo herido, en las flores,
en el polen que transportan las abejas,
en la fruta madura y la simiente.
Yo mordí la amarga poma
Y sorbí el zumo sin protesta.
Oí la queja de las hojas,
que arrancadas por el viento,
van a dormirse en un lamento
allí donde hace mundos de cristal
el hervor de los pantanos.
El acre olor de la lluvia,
al romperse los terrones,
estiró su garra tibia
y se metió entre mis venas,
marchó sangre adelante,
a paso de fuego clandestino,
quemándome la piel por dentro
y las entrañas volviéndolas residuos.
Mis pulmones se hinchieron salvajemente
cuando fui hasta el aire,
hasta la vorágine del beso,
el resollar de los volcanes
y el estertor de los dedos hechos nada,
al palpar la geografía
desde el abra de los senos
hasta el océano tropical del vientre.
Angustia... en tus riberas.
No desespero, ni tampoco aguardo.
No asoman aún las lágrimas
aunque se estiren las penas.
¿Se van a romper?
¿Qué van a destrozar?
Mi lamento busca el silencio,
mi lamento se calla.
Pero... escúchame,
escúchame, sin embargo
...y no preguntes nada.
No preguntes,
no lastimes,
ya es suficiente.
Calla, más bien.
No habría respuesta,
es el sorbo del agua en el desierto.
Tu silencio,
y la respuesta está en mi herida,
allá donde la lágrima brota
y el lamento es la callada,
en lo que no se dice,
porque sobra,
y porque no hay abrigo, que lo aguarde.
Óyeme siquiera,
si quieres,
a pesar de todo, estamos cerca.
Podría sentir tu piel, palparla,
el relente de tu voz negada,
me golpea el rostro,
el frío de tu mirada, me da miedo.
Un solo segundo,
quiero,
si tú quieres.
Cuántos pierdes,
no estás guardando nada,
también la mar se queda seca.
Yo sólo quiero tocar las nubes.
Mira, qué pequeño soy,
como estoy en el fondo del pozo,
no habré de hacer ningún daño,
mis manos son de rocío,
ni tendré sombras,
porque soy de sombra,
mantendré quietos los dedos,
pero mis dedos son espigas
y no habrá brisa,
no habrá, te lo juro.
...es que estoy solo,
tú no lo comprendes,
con letra menuda, muy menuda,
por Dios, te digo: no entiendes.
Si tengo sed, qué tomo...
sólo un sorbo.
¿Pero quién me lo da?
Quiero que callen,
que callen todos
...si es que me duele la respuesta,
por eso quiero que callen todos
y tú,
tú: no digas nada.
¿Para qué hablar?
¿Verdad?
¿Para qué vas a hablar?
Si conozco la respuesta.
Yo sigo hablando, no me canso,
me cansa el silencio,
su nudo espeso me atora,
es como una raíz profunda,
una raíz de fuego,
que me ata a la tierra,
no deja volar mis manos,
ni mis ojos vuelan...
pero abiertos están mis ojos
...se me salen
...se me vuelan
pero caen entre mis manos.
Mis manos, mis manos,
yo no siento mis manos,
ni entre mis manos mis ojos.
¿Qué se hicieron?
Qué se me hicieron.
Sólo hasta mi carne alcanzan
mis manos, y la desgarran.
Nadie sabe cómo duele esto.
Ni yo le pido a nadie
que lo aprenda.
¿Pero, qué es lo que yo pido?
¿Cuál es ese atrevimiento?
¿Dónde está mi descaro?
Me doy, eso es todo,
pero me doy por entero,
mi mano, mi pecho,
el aliento que aún guarda
y toda la sangre que pueda brotar,
si alguien me hiere.
Por la herida me estoy dando
y que mi sangre se confunda
con el barro.
Sin embargo, digo que no puedo hablar.
Sin embargo, digo que no puedo hablar.
Que no debo hablar,
que debo quedarme en silencio,
que debo poner las manos sobre mi boca,
que debo apretar el corazón para que calle,
que debo esperar ir a donde está mi madre,
ella me aguarda,
ella se escondió bajo la tierra
y allá me espera.
Ella también callaba
y su llanto era en silencio
pero su caricia era como un vendaval
de alegría
y caía como la lluvia sobre la playa seca
y ardía como el fuego en el hogar invernal
...pero yo no callo, sino que hablo
y grito y me lamento.
Mi madre aguarda...
La tierra aguarda... el silencio.
Hablo a la brisa que se ha de llevar mi soplo
y esparcir por el mundo mi recuerdo,
al mar que habrá de lavar mis penas
y al sol que me ciega
y me deja entre tinieblas.
Pero hablo,
hablo siempre,
para que mis palabras hablen por mí,
después que muera.
¿Quién soy yo?
Nadie me conoce,
extraño a ti y al aire que respiras
y extraño al recinto que te encierra,
a mí mismo extraño...
Quién me conociera.
Me busco y no me encuentro,
ni me encuentra nadie
me asomo y le pregunto,
le pregunto desde cerca,
le cerco con mis ansias
...pero se queda en silencio
y el silencio no responde.
Todo se niega,
todo se escapa,
todo se encierra,
sólo yo estoy por fuera
suelto
loco
quieto
y pienso que estoy muerto
...no me llamen
...silencio
...aquí hay alguien muerto.
Y los muertos hablan,
y los muertos se enfrían
y a la hora de llorar
los muertos se quedan en silencio.
Silencio, que está llorando un muerto,
calla, mujer,
qué lágrimas amargas,
qué lágrimas.
(1963)
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