jueves, 1 de octubre de 2020

 

Los hombrecitos de lomo duro
Salieron del campo latinoamericano para treparse a los techos 
de los rascacielos, para pegar paredes de elevadores, para
 cortar láminas de vidrio, para cargar trozos de árboles que 
adornan los jardines de las mansiones. Para meterse hasta 
el cuello en las alcantarillas de las carreteras, de los restaurantes 
y destapar baños en los estadios.

Miércoles 30 de septiembre de 2020
 

No tienen contratos, les dan trabajo de palabra y les pagan lo que 

el empleador quiera. Son los que más trabajan y los que menos 

dinero generan. Son los latinoamericanos que trabajan en construcción 

en Estados Unidos. Sus cuerpos como de niños, como de adolescentes 

recién en desarrollo, la piel pegada a los huesos, bajos de estatura y 

hasta un poco enclenques si se les mira bien.

Llegan en parvadas a trabajar en los techos de las casas en construcción, 

como puntos finos se miran a la distancia de las alturas. Ponen y quitan, 

ponen y quitan; martillan, pegan, levantan, todo esto de rodillas. Todo 

el día de rodillas, toda la semana, todo el año, décadas de rodillas. Como 

los que ponen las alfombras sobre el piso, metros y metros de alfombras. 

Estos hombres que en su mayoría son indígenas salidos del campo 

latinoamericano cambiaron el trabajo de la tierra por el de la albañilería pesada. 

Porque en Estados Unidos quedó atrás el cernidor, el cincel, la cuchara y 

la espátula, entre la fumarola de la industrialización las herramientas cambiaron 

y los lomos de los migrantes indocumentados latinoamericanos son los que 

cargan las grandes tablas y los paquetes de tejas artificiales que adornan 

los techos de las casas cuando el brazo robótico de la grúa no alcanza.

Los empleadores que pueden ser estadounidenses anglosajones, latinos 

con documentos, europeos, asiáticos o negros adinerados, jamás levantan 

el peso que cargan los lomos de los hombrecitos. En construcción, los lomos 

fornidos de los trabajadores europeos, galanes, bien nutridos jamás realizan 

el trabajo que hacen los indocumentados latinoamericanos. Entre el sol abrasador 

del medio día se les ve trabajando en los caminos en construcción, en las 

temperaturas bajo cero del invierno, en los horarios de madrugada, ahí están 

los hombrecitos latinoamericanos haciendo el trabajo más pesado porque 

la maquinaria, el brazo robótico, la grúa, el camión de carga, eso lo maneja el 

europeo, el anglosajón, el latino nacido en el país, el latino migrante es el que 

se lanza entre las alcantarillas a destaparlas, es el que hace la zanja, el que 

saca la tierra, el que carga la cubeta llena de cemento fresco. De estatura 

parecen niños a la par de los anglosajones y los europeos, de los afros bien 

fornidos que jamás serán relegados al trabajo de los indocumentados.

Salieron del campo latinoamericano para treparse a los techos de los rascacielos, 

para pegar paredes de elevadores, para cortar láminas de vidrio, para cargar 

trozos de árboles que adornan los jardines de las mansiones. Para meterse hasta 

el cuello en las alcantarillas de las carreteras, de los restaurantes y destapar baños 

en los estadios. Pequeñitos, insignificantes en estatura en este país de hombres 

altos y fornidos. Ellos como los pueblos originarios de este país tienen la estatura 

milenaria y la fuerza y la resistencia milenaria, que pareciera que no se cansaran 

nunca porque nunca descansan, trabajan de lunes a domingo hasta tres turnos.

Por el trabajo que realizan pudieran pagarles el doble o el triple de lo que ganan 

sus compañeros europeos o afros, pero no sucede. Y con regularidad el que más 

se aprovecha de ese lomo curtido es el latino que ya logró tener sus documentos, 

o el latino nacido en el país que es igual o peor de prepotente que el que ya tiene 

documentos. Y no digamos si es originario del mismo país, del mismo departamento o 

del mismo pueblo. Y si es familia a ese lomo se le despelleja con sal y limón y 

a ese espíritu se le humilla hasta que pierda las esperanzas de todo.

Pero son inquebrantables los hombrecitos de lomo duro, cuando menos se lo 

esperan los demás, dejan de estar de rodillas y se ponen de pie, no importa 

si han llevado hincados la mitad de su vida, un día logran ponerse en pie y 

caminan con la dignidad, fortaleza y resistencia milenaria de sus ancestros.


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